La Hora de todos y la Fortuna con seso: 017

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Otros dijeron “había sido la pérdida glorioso suceso y lleno de majestad,
porque aquél era gran príncipe, que tenía más que perder, y que en eso se
conocía su grandeza, y no en gañar y adquirir, que es mendiguez propia de
piratas y ladrones”. Y añadió que “aquesta pédida había de ser su remedio”. Y
luego empezó a granizarle de aforismos y autores, ensartando a Tácito y a
Salustio, a Polibio y Tucídides, embutiendo las grandes pérdidas de los
romanos y griegos y otra gran cáfila de dislates. Y como el glotonazo no
buscaba sino disculpas de su flojedad, alegró la pérdida con el engaño. No
hiciera más el diablo.
En esto, a persuasión de las crudezas, por el mal despacho de la digestión,
disparó un regüeldo. No le hubieron oído, cuando los malvados lisonjeros,
hincando con suma veneración la rodilla, por hacerle creer había estornudado,
dijeron: “Dios le ayude.” Pues cógelo la hora, y, revestido de furias
infernales, aullando, dijo:
-Infames, pues me queréis hacer encreyentes que es estornudo el regüeldo,
estando mi boca a los umbrales de mis narices, ¿qué haráis de lo que ni veo ni
güelo?
Y dándose de manotadas en las orejas y mosqueándose de mentiras arremetió
con ellos y los derramó a coces de su palacio, diciendo:
-Príncipes, si me cogen acatarrado, me destruyen. Por un sentido que me
dejaron libre se perdieron: no hay cosa como oler.