La Hora de todos y la Fortuna con seso: 019

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
-No hay cosa como la puntualidad. Sí por sí y no por no. Por malos medios
no quiero hacienda. Toda mi vida he tenido esta condición. No quiero tener que
restituir; lo que importa es el alma. No haría una trampa por los haberes del
mundo. Más quiero mi conciencia que cuanto tiene la tierra.
En esto estaban las ratoneras vivas, arrebozando de cláusulas justificadas
las intenciones cardas, cuando los cogió de medio a medio la hora, y,
creyéndose los unos tramposos a los otros, se destruyeron. El de la cadena de
alquimia la daba por la letra falsa, y el de los diamantes claveques tomaba
por ellos la plata prestada. Los tres partieron al contraste. El otro a
verificar la letra y asegurarla y perder la mitad, porque se la pagasen antes
que se averiguase el cadenón de hierro viejo. Llegó volando a la casa del
hombre en cuyo nombre estaba acetada, el cual le dijo que aquella letra no era
suya ni conocía tal hombre, y envióle noramala. Él se salió, letra entre
piernas, diciendo:
-¡Oh, ladrón! ¡Cuál me la habías pegado si la cadena no fuera de trozos de
jeringa!
El de los claveques decía, estando vendiendo la plata a un platero sin
hechura y por menos del peso:
-¡Bien se la pegué con mendrugos de vidrio!
En esto llegó el dueño, y conociendo su plata, que andaba dando cosetadas
en el peso, llamó a un alguacil y hizo prender al tramposo por ladrón.
Empelazgáronse. Al ruido salió el de los diamantes falsos dando gritos. El que
vendía la plata, dijo:
-Ese infame me la vendió.
El otro decía:
-Miente; que ése me la ha hurtado.
El. platero decía:
-Ese maulero me traía chinas por diamantes.
El dueño de la plata requería que los prendiesen a entrambos.
El escribano decía que a todos tres hasta que se averiguase.
El alguacil, poniéndose la vara en la boca y asiendo a los dos tramposos
con las dos manos, y el escribano de la capa al dueño de la plata, después de
haberse desgarrado las jetas unos a otros, con gran séquito de pícaros fueron
entregados en la cárcel al guardajoyas del verdugo.