La Hora de todos y la Fortuna con seso: 020

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XVII. ARBITRISTAS EN DINAMARCA
En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco lugares. Estaba
muy pobre, más por la ansia de ser más rico, que por lo que le faltaba.
Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla con inclinación casi
universal a ser arbitristas. En este nombre hay mucha diferencia en los
manuscritos: en unos se lee arbitristes; en otros, arbatristes, y en los más,
armachismes. Cada uno enmiende la lección como mejor le pareciere a sus
acontecimientos. Por esta causa, esta tierra era habitada de tantas plagas
como personas. Todos los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla
como de pestes andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella
los tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas, se
les desacreditaba el dinero y se les asuraba la negociación. Era tan inmensa
la arbitrería que producía aquella tierra, que los niños, en naciendo, decían
arbitrio por decir taita. Era una población de laberintos, porque las mujeres
con sus maridos, los padres con los hijos, los hijos con los padres y los
vecinos unos con otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos, y todos
se tomaban del arbitrio como del vino.
Pues este buen señor, en las partes de allende, convencido de la cudicia,
que es uno de los peores demonios que esgrimen cizaña en el mundo, mandó tocar
a arbitrios. Juntáronse legiones de arbitrianos en el teatro del palacio,
empapeladas las pretinas y asaetadas de legajos de discursos las aberturas de
los sayos. Díjoles su necesidad, pidióles el remedio. Todos a un tiempo
echando mano a sus discursos, y con cuadernos en ristre, embistieron en turba
multa, y, ahogándose unos en otros por cuál llegaría antes, nevaron cuatro
bufetes de cartapeles, Sosegó el runrún que tenían, y empezó a leer el primer
arbitrio. Decía así: