La Hora de todos y la Fortuna con seso: 024

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Acabó de mamullar estas razones, y, juntando la nariz con la barbilla, a
manera de garra, las hizo un gesto de la impresión del grifo. Una de las
pidonas y tomascas, arrebatiña en naguas, moño rapante, la respondió:
-Agüela, endilgadora de refocilos, engarzadora de cuerpos, eslabonadora de
gentes, enflautadora de personas, tejedora de caras, hasta de advertir que
somos muy mozas para vendernos a la pubarbada y a los cazasiglos. Gasta esa
munición en dueñas, que son mayas de los difuntos y mariposas del aquí yace.
Tía, la sangre que bulle, más quiere tararira que dineros y gusto que
dádivas. Toma otro oficio; que los coches se han alzado a mayores con la
coroza, y espero verlos tirar pepinazos por alcahuetes.
No hubo la buscona acabado estas palabras cuando a todas las cogió la hora,
y, entrando una bocanada de acreedores, embistieron con ellas. Uno, por el
alquiler de la casa las embargaba los trastos y la cama; otro, porque eran
suyos desde las almohadas a la guitarra, las asía de los vestidos por los
alquileres y asía de todo. Y de palabra en palabra, el uno al otro se
empujaron las caras con los puños cerrados. Hundía la vecindad a gritos un
ropero por unos guardainfantes. Las mancebitas de la sonsaca formaban una
capilla de chillidos, diciendo que qué término era aquél y que para ésta y
para aquélla, y como creo en Dios, y bonitas somos nosotras, y lo del negro, a
quien apelan las venganzas de las andorras. La maldita vieja se santiguaba a
manotadas, y no cesaba de clamar: “¡Jesús y en Jesús!” cuando a la tabaola
entró el amigo de la una de las busconas, y, sacando la espada, sin prólogo de
razonamiento, embistió con los cobradores, llamándolos pícaros y ladrones.
Sacaron las espadas, y, tirándose unos a otros, hicieron pedazos cuanto había
en la casa. Las busconas, a las ventanas, desgañitándose, pregonaban el que se
matan y ¿no hay justicia? Al ruido subió un alguacil con todos sus arrabales,
con el favor al rey, ténganse a la justicia.
Embrujáronse todos en la escalera; salieron a la calle, unos heridos y
otros desgarrados. El rufián, abierta la media cabeza y la otra media, a lo
que sospecho, no bien cerrada, sin capa y sombrero, se fue a una iglesia. El
alguacil entró en la casa y, en viendo a la buena vieja, embistió con ella,
diciendo:
-¿Aquí estás, bellaca, después de desterrada tres veces? Tú tienes la culpa
de todo.
Y asiéndola y a las demás todas, y embargando lo que hallaron, las llevaron
en racimo a la cárcel, desnudas y remesadas, acompañadas del vayan las
pícaras, pronunciado por toda la vecindad.