La Hora de todos y la Fortuna con seso: 028

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XXI. ENJAMBRE DE PRETENDIENTES
Estaba un enjambre de treinta y dos pretendientes de un mismo oficio
aguardando al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba en sí tantos
méritos como faltas en todos los demás. Estábanse santiguando mentalmente unos
de otros. Cada uno decía entre sí que eran locos y desvergonzados los otros en
pretender lo que merecía él solo. Mirábanse con un odio infernal, tenían los
corazones rellenos de víboras, preveníanse afrentas y infamias para
calumniarse, mostraban los semblantes aciagos y las coyunturas azogadas de
reverencias y sumisiones. A cada movimiento de la puerta se estremecían de
acatamientos, bamboleándose con alfe recía solícita. Tenían ajadas las caras
con la frecuencia de gestos meritorios, flechados de obediencia, con las
espaldas en jiba, entre pisarse el ranzal y pelícanos. No pasaba paje a quien
no llamasen mi rey, frunciendo las jetas en requiebros. Pasó el secretario con
andadura de flecha. Aquí fue ella, que, desapareciéndose de estatura y
gandujando sus cuerpos en cincos de guarismo, le sitiaron en adoración en
cuclillas. Él, con un “perdonen vuesas mercedes, que voy de prisa”, trotado en
la pronunciación, se entró con miradura de novia. Pidió el señor la caja.
Oyóse una voz que dijo:
-Venga el servicio.
-Yo soy -dijo uno de los pretendientes.
Otro:
-Ya entro.
Otro:
-Aquí estoy.