La Hora de todos y la Fortuna con seso: 029

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
Apretábanse con la puerta hasta sacarse zumo. El pobre señor, que supo la
tabaola que le aguardaba de plegarias, y columbró a los malditos pretendientes
terciando contra él los memoriales enherbolados, no sabía qué se hacer de sus
orejas. Dábase a los demonios entre sí mismo, diciendo que el tener que dar
era la cosa mejor del mundo, si no hubiera quien lo pretendiera, y que las
mercedes, para no ser persecución del que las hace, habían de ser recibidas y
no solicitadas. Los quebrantahuesos, que veían se dilataba’ su despacho, se
carcomían, considerando que el oficio era uno y ellos muchos. Atollábaseles la
arismética en decir:
-Un oficio entre treinta y dos, ¿a cómo les cabe?
Y restaban:
-Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.
Y todos se hacían el uno y encajaban a los otros en el no puede ser. El
señor decía:
-Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.
Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Diose un
baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de audiencia.
Embocáronse en manada y rebaño. Y viendo empezaban a quererle informar en
bulla, les dijo:
-El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y dejaros
contentos.