La Hora de todos y la Fortuna con seso: 032

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
-¿Qué tenemos?
-Que no tienen -respondió el sacatrapos-; entreténganse ustedes en leer, ya
que no pueden contar.
Empezaron a abrir billetes. El primero decía:
“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa merced
con esta niñería.”
-Pues socorriérame y lo sintiera más.
El segundo:
“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera servir
con mil gustos.”
-¡Válgate el diablo por ayer, que te andas cada día tras los embestidores!
El tercero:
“El tiempo está de manera. . .”
-¡Oh, maldito caballero almanac! ¿Pídente dinero y das pronóstico?
El cuarto:
“No siente vuesa merced tanto su necesidad como yo no poder socorrerla.”
-¿Quién te lo dijo, demonio? ¿Profeta te haces, miserable?
¿Cuando te piden adivinas?
-No hay más que leer -dijeron todos.
Y alzando un zurrido infernal, dijeron:
-Ya es de noche: desquitémonos de lo gastado royendo las obleas de los
sellos, a falta de cena, y juntemos estos billetes con otros dos cahíces que
tenemos, y véndanse a un confitero, que, por lo menos, dará por ellos cuatro
reales para amortajar especias, y encorozar confites, y hacer mantellinas al
azúcar de las pellas y calzar los bizcochos.
-Esto de pedir prestado -decía bostezando el andadero-, diez años ha que
murió súpito; ya no hay qué prestar sino paciencia. Por no ver los gestos y
garambainas que hacen con las caras tos embestidos, puede uno darles lo que
les pide, y, hecha la cuenta, se gasta más en secretaría y trotes que se
cobra, Caballeros de la arrebatiña, no hay sino ojo avizor.
En esto estaban los pescadores de papel, cuando los cogió la hura, y dijo
el más desembainado de persona: