La Hora de todos y la Fortuna con seso: 035

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XXIV. EL CABALLO DE NÁPOLES
El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada, otros ayudado
a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta azotándole, otros
yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna, incomparable virrey, invencible
capitán general, juntó pareja con el famoso y leal caballo que es timbre de
sus armas, y que le enjaezó con las granas de las dos mahonas‘de Venecia y con
el tesoro de la nave de Brindis; que le hizo caballo marino con tantas y tan
gloriosas batallas navales, que le dio verde en Chipre y de beber en el
Tenedo, cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana y de
Salónique, para que le almohazase al capitán de aquellas galeras con su
capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su primogénito, el que produjo
en competencia de Minerva; acordábase que el grande Girón le había hecho
gastar por herraduras las medias lunas del turco, y que con ellas fueron sus
coces sacamuelas de los leones venecianos en la prodigiosa batalla sobre
Raguza, donde, con quince velas, les desbarató ochenta, obligándolos a
retirarse vergonzosamente, con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la
mayor y mejor parte de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía
sin manta y con mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que
le echaban en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fue tan
áspero, que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse
encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable estado
en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y relinchando
clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y, a corcovos y
manotadas, asolar la ciudad. Al ruido entraron los sexos de Nápoles, y,
arrojándole una toga en la cara, le taparon los ojos, y con halagos,
hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas y cabestro. Y estándole
atando a un aldabón del establo, cógelos la hora, y dos de los sexos dijeron
que convenía y era más barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año
una hacanea con dote, y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía
temer que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron los
otros que el rey de España le aseguraba de tal enfermedad con tres castillos,
que le tenía puestos en la frente por texón, y que primero le cortarían las
piernas que verle servir de mula y escondido en hopalandas. Los dos replicaron
que parecía lenguaje de herejes no querer ser papistas, y que ninguna silla le
podía estar tan bien como la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás
que, para que los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en
aquella silla, convenía que sólo el rey de España se sirviese deste caballo.
Unos decían bonete; otros, corona, y de una palabra en otra, se envedijaron de
suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen pedazos. El cual,
sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo: