La Hora de todos y la Fortuna con seso: 037

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XXV. LOS DOS AHORCADOS
Estaban ahorcando dos rufianes por media docena de muertes: el uno estaba
ya hecho badajo de la ene de palo, el otro acababa de sentarse en el poyo
donde se pone a caballo el jinete de gaznates. Entre la multitud de gente que
los miraba, pasando en alcance de unos tabardillos, se pararon dos médicos, y
viéndolos, empezaron a llorar como unas criaturas, y con tantas lágrimas, que
unos tratantes que estaban junto a ellos los preguntaron si eran sus hijos los
ajusticiados. A lo cual respondieron que no los conocían, empero que sus
lágrimas eran de ver morir dos hombres sin pagar nada a la facultad. En esto
los cogió a todos la hora, y columbrando el ahorcado a los médicos, dijo:
-¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos, pues
por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben despachar, el del
verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y también presume de aforismo
el esparto. En lo que tienen encima, y en los malos pasos, sus mulas de
vuestedes son escaleras de la horca de pelo negro. Tiempo es de verdades. Si
yo hubiera usado de receta, como de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera
asesinado a cuantos me ven. Una docena de misas les pido, pues le es fácil
acomodarlas en uno de los infinitos codicillos a que dan prisa.