La Hora de todos y la Fortuna con seso: 039

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 039 de 108
La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
-Muy poderoso señor: vuestros buenos vasallos por mí os besan con suma
reverencia la mano por el cuidado que mostráis de su amparo y defensa, y, como
pueblo que en vuestra sujeción nació y vive con amor heredado, confiesan que
son vuestros a toda vuestra voluntad, con ciega obediencia, y os hacen
recuerdo que su blasón es haberlo mostrado así en todo el tiempo de vuestro
imperio, que Dios prospere. Conocen que su protección es vuestro cuidado y que
esa congoja os baja de príncipe soberano de todos y en todo, a padre de cada
uno: amor y benignidad que inestimablemente aprecian, Saben las urgentes y
nuevas ocasiones que os acrecientan gastos inexcusables, que por ellos y por
vos no podéis evitar, y entienden que por vuestra pobreza no los podéis
atender. Yo, en nombre de todos, os ofrezco, sin exceptar algo, cuanto todos
tienen; empero pongo a vuestro celo dos cosas en consideración: la una, que si
tomáis todo lo que tienen vuestros vasallos, agotaréis el manantial que
perpetuamente ha de socorreros a vos y a vuestra sucesión; y si vos, señor,
los acabáis, hacéis lo que teméis que hagan vuestros enemigos, tanto más en
vuestro daño, cuanto en ello, es dudosa la ruina, y, en vos, cierta; y quien
os aconseja que os asoléis porque no os asuelen, antes es munición de vuestros
contrarios que consejero vuestro. Acordaos del labrador a quien Júpiter, según
Isopo, concedió una pájara, que para su alimento le ponía cada día un güevo de
oro. El cual, vencido de la codicia, se persuadió a que ave que cada día le
daba un huevo de oro, tenía ricas minas de aquel metal en el cuerpo, y que era
mejor tomárselo todo de una vez que recibirlo continuamente poco a poco y como
Dios lo había dispuesto. Mató la pájara, quedó sin ella y sin el huevo de oro.
Señor, no hagáis verdad esta que fue fábula en el filósofo; que os haréis
fábula de vuestro pueblo. Ser príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y
pobreza que príncipe. El que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como
vasallos; el que los empobrece, otros tantos hospitales y tantos temores como
hombres y menos hombres que enemigos y miedos. La riqueza se puede dejar
cuando se quiere; la pobreza, no. Aquélla pocas veces se quiere dejar; ésta,
siempre. La otra es que debéis considerar que vuestra ultimada necesidad
presente nace de dos causas: la una, de lo mucho que os han robado y usurpado
los que os asisten; la otra, de las obligaciones que hoy se os añaden. No hay
duda que aquélla es la primera; si es también la mayor, a vos os toca el
averiguarlo. Repartid, pues, vuestro socorro como mejor os pareciere entre
restituciones de los usurpadores y tributos de los vasallos, y sólo podrá
quejarse quien os fuere traidor.