La Hora de todos y la Fortuna con seso: 042

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 042 de 108
La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XXVIII. LOS HOLANDESES
Los holandeses, que por merced del mar pisan la tierra en unos andrajos de
suelo que la hurtan por detrás de unos montones de arena que llaman diques,
rebeldes a Dios en la fe y a su rey en el vasallaje, amasando su discordia en
un comercio político, después de haberse con el robo constituido en libertad y
soberanía delincuente, y crecido en territorio por la traición bien armada y
atenta, y adquirido con prósperos sucesos opinión belicosa y caudal opulento,
presumiendo de hijos primogénitos del Océano, y persuadidos a que el mar, que
les dio la tierra que cubría para habitación, no les negaría la que le
rodeaba, se determinaron, escondiéndole en naves y poblándole de corsarios, a
pellizcar y roer por diferentes partes el occidente y el oriente. Van por oro
y plata a nuestras flotas, como nuestras flotas van por él a las Indias.
Tienen por ahorro y atajo tomarlo de quien lo trae y no sacarlo de quien lo
cría. Dales más barato los millones el descuido de un general o el descamino
de una borrasca que las minas. Para esto los ha sido aplauso, confederación y
socorro la invidia que todos los reyes de Europa tienen a la suprema grandeza
de la monarquía de España. Animados, pues, con tan numerosa asistencia, han
establecido tráfago en la India de Portugal, introduciendo en el Japón su
comercio, y, cayendo y levantando con porfía providente, se han apoderado de
la mejor parte del Brasil, donde, no sólo tienen el mando y el palo, como
dicen, sino el tabaco y el azúcar, cuyos ingenios, si no los hacen doctos, los
hacen ricos, dejándonos sin ellos rudos y amargos. En este paraje, que es
garganta de las dos Indias, asisten tarascas con hambre peligrosa de flotas y
naves, dando qué pensar a Lima y Potosí (por afirmar la geografía), que
pueden, paso entre paso, sin mojarse los pies, ir a rondar aquellos cerros,
cuando, enfadados de navegar, no quieran resbalarse por el río de la Plata o
irse, en forma de cáncer, mordiendo la costa pur Buenos Aires, y fortificarse
trampantojos del pasaje. Estábase muy despacio aquel senado de hambrones del
mundo sobre un globo terrestre y una carta de marear, con un compás, brincando
climas y puertos y escogiendo provincias ajenas, y el Príncipe de Orange, con
unas tijeras en la mano, para encaminar el corte en el mapa por el rumbo que
determinase su albedrío. En esta acción los cogió la hora, y tomándole un
viejo, ya quebrantado de sus años, las tijeras, dijo: