La Hora de todos y la Fortuna con seso: 046

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La Hora de todos y la Fortuna con seso Francisco de Quevedo y Villegas


 
XXX. EL ALQUIMISTA
Un alquimista hecho pizcas, que parecía se había distilado sus carnes y
calcinado sus vestidos, estaba engarrafado de un miserable a la puerta de uno
que vendía carbón. Decíale:
-Yo soy filósofo espagírica, alquimista: con la gracia de Dios he alcanzado
el secreto de la piedra filosofal, medicina de vida y trasmutación
trascendente, infinitamente multiplicable; con cuyos polvos haciendo
proyección, vuelvo en oro de más quilates y virtud que el natural el azogue,
el hierro, el plomo, el estaño y la plata. Hago oro de yerbas, de las cáscaras
de güevos, de cabellos, de sangre humana, de la orina y de la basura: esto en
pocos días y con menos costa. No oso descubrirme a nadie, porque si se
supiese, los príncipes me engullirían en una cárcel, para ahorrar los viajes
de las Indias y poder dar dos higas a las minas y al Oriente. Sé que vuesa
merced es persona cuerda, principal y virtuosa, y he determinado fiarle
secreto tan importante y admirable: con que en pocos días no sabrá qué hacer
de los millones.
Oíale el mezquino con una atención canina y lacerada, y tan encendido en
codicia con la turbamulta de millones, que le te cleaban los dedos en ademán
de contar. Habíale crecido tanto el ojo, que no le cabía en la cara. Tenía ya
entre sí condenadas a barras de oro las sartenes, asadores y calderos y
candiles. Preguntóle que cuánto sería menester para hacer la obra. El
alquimista dijo que casi nada: que con solos seiscientos reales había para
ofrecer y platifica todo el universo mundo y que lo más se había de gastar en
alambiques y crisoles; porque el elixir que era el alma vivificante del oro no
costaba nada y era cosa que se hallaba de balde en todas partes, y que no se
había de gastar un cuarto en carbón, porque con cal y estiércol lo sublimaba y
digería y separaba, y retificaba y circulaba; que aquello no era hablar, sino
que delante dé1 y en su casa lo haría, y que sólo le encargaba el secreto.
Estaba oyendo este embuste el carbonero, dado a los demonios de que había
dicho no había de gastar carbón. Pues cógelos la hora, y, embistiendo,
afeitado con cisco y oliendo a pastillas de diablo, con el aquimista, le dijo: