La Miraflores (Versión para imprimir)

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Autor: Arturo Reyes[editar]


I[editar]

Sentose el señor Juan el Cartagenero en su amplio sillón de Vitoria, cruzó las manos sobre el imponente abdomen, y se dispuso a disfrutar de la siesta, para él indispensable en los días más calurosos del estío.

Los rayos del sol, atravesando la roja cortina que defendía de la curiosidad de los transeúntes a los parroquianos, daba tonos brillantes a los antiguos espejos con moldura de nogal, a los tableros de mármol empotrados en los blancos muros, a los recios sillones de altísimos respaldos, a los grandes anuncios de taurómacas fiestas que decoraban las paredes; la cabeza de un berrendo, cuyos pitones recordaban, sin duda, algún trágico sucedido; dos jaulas en que los jilgueros murcianos parecían amenazar con hacer trinos hasta la pintada pluma, y una guitarra, en fin, que en unión de la historia de un famoso bandolero, servía para hacer más entretenida la espera cuando que esperar tenían los innumerables favorecedores del barbero más hábil y popular del barrio de Capuchinos.

El canto de los pájaros, las caricias de una temperatura enervadora, la quietud que imperaba en la calle, todo prometía al ilustre barbero una siesta dulce y plácida, hasta con el ensueño en el regazo, cuando una voz alegre al resonar en los umbrales del establecimiento le hizo desentornar los párpados y posar una mirada casi agresiva en el poco oportuno visitante, que se dulcificó un tantico al reconocer en el recién llegado a Pepito el Cardenales.

Arrojó éste el pavero sobre la banqueta, y apenas hubo penetrado en la barbería, plantándose delante del barbero, exclamó con acento jovial y afectuoso:

-¡Camará, maestro, y qué carita de padillazo que tiée usté! ¡Pos ni que se hubiera usté pasao toíta la noche a dormivela!

El señor Juan le miró con ojos casi de moribundo, y le dijo con expresión malhumorada:

-Mira: si no viées a que te enjabone el perfil, me vas a jacer el reverendo favor de poner proa a la mar, porque es que tengo una galbana que me troncha.

-Pos no, señó, que no vengo a que me enjabone usté el perfil, que a lo que vengo yo es a dos cosas: una, a jechar con usté un ratillo de palique, pero eso será citando no esté usté tan sonámbulo, y además vengo a esperar aquí a un pariente mío, que acaba de llegar de Écija, y al cual le he dicho que lo aguardo en ca del barbero más garboso del distrito.

-Pos si es asín ya pues estar cogiendo la guitarra y tocándote unas guajiras, que ya sabes tú lo que a mí me gusta verte liao con las primas y los bordones.

No se hizo rogar aquél, que dio comienzo a templar la guitarra, mientras el señor Juan, acoplándose de nuevo lo más cómodamente que pudo en el sillón, tornaba a cruzar las manos sobre el abdomen y se disponía a quedarse dormido a los sones de la bien tañida vihuela.

Durante algunos minutos acreditó una vez más Joseíto su habilidad de tocador consumado, y acreditándolo seguía, cuando

-¡Olé por los güenos tocaores! -exclamó, penetrando en la barbería, el señor Frasquito el Bitácora, uno de los más caracterizados próceres de la gente del arrumbo, hombre fornido, cenceño, de semblante tostado por el sol, de rizosas patillas grises y de pelo también gris, que se le rizaba sobre las sienes en indómitos mechones.

-Estimando, señó Frasquito -le repuso el que tocaba, mientras el señor Juan ponía en aquél una mirada hostil y murmuraba con acento de protesta:

-Pero, camará, ¿es que sus habéis juramentao tos pa no dejarme echar hoy mi rengue de tos los días?

-¿Y quién te manda a ti ser barbero? ¡Tenías tú más que ser el Patriarca de las Indias!

El señor Juan incorporose y exclamó, al par que ponía en formidable tensión sus brazos:

- ¡Qué se le va a jacer! ¡Más padeció el que subieron al Gólgota!

-Pos entonces -dijo, soltando la guitarra, el Cardenales -yo me voy a llegar a ca de Pepe el Súpito, a ver si me paga un chalaneo que me debe, y si tan y mientras viniese un primo mío, que se llama Cayetano, me jace usté el favor de decirle que se espere, que yo güervo enseguiíta.

-¿Y ese palique que decías tú que teníamos que echar nosotros? -le preguntó el barbero, al par que volvía el almohadón de uno de los sillones.

-Lo que yo tenía era que preguntarle a usté que si pa escribirle a Antoñuelo se le pone el sobre como antes se le ponía.

-Como antes. ¿No ves tú que sigue de capitán general del mismo distrito?

-¿Y de venir ni dice naíta ese caballero?

-Calla, hombre; más quemao que el carbón de co está el probe, y rabiando por coger el canuto. Y yo no te digo na de las ganitas que tengo de verle por aquí, y de descansar de esto de sobajearle los carrillos a tantísimo pendón como entra en esta casa.

-Oye, tú, ¿eso de pendón lo dices tú por mí? -le preguntó con expresión cómicamente amenazadora el señor Frasquito.

-¡Calla, hombre, por ti! ¡Tú ya has pasao de esas lindes!

-Pus por si tarda todavía -dijo el Cardenales-, me parece a mí que voy a tener yo que escribirle.

-Pero ¿ocurre algo que yo no sepa? -le preguntó el señor Juan, mirándole con expresión interrogadora.

-No, na de importancia. Yo se lo diré a usté cuando vuelva.

Cuando Joseíto hubo salido, el señor Juan, que habíase quedado algo meditabundo, después de sujetar al cuello del Bitácora un paño de una más que discutible blancura, exclamó al par que hundía sus dedos entre los larguísimos mechones de la hirsuta melena de su parroquiano:

-Pos di tú, chavó, que con que tos fueran como tú tenía yo que traspasar la barbería.

-Es que tú no sabes, hombre, lo que yo sufro cuando siento en el cogote el relente.

El señor Juan se armó de peine y tijera, la cual hizo repiquetear diestramente, y dio comienzo al desempeño de su generoso cometido.

Durante algunos instantes no se sintió más que el sonoro repiquetear de la tijera, y ya la modorra empezaba a cerrar los ojos de el del arrumbo, cuando un descuido del señor Juan le hizo exclamar, revolviéndose colérico contra aquél, y llevándose la mano a la parte dolorida:

-¡Por vía e Dios, que no soy de gutapercha!

Como el desacato de la tijera espantó el sueño que empezaba a apoderarse de él, tras algunos instantes de silencio dijo el Bitácora, al par que se quitaba con un pico del paño la avalancha de pelo que le cubría casi totalmente las pestañas:

-¿Sabes tú que me parece a mí que yo sé de qué es de lo que tiée que hablarte a ti Joseíto el Cardenales?

Y ante la mirada interrogadora del Cartagenero, continuó:

-Me parece a mí que lo que ese tiée que decirte es que al chanelo de tu Toño anda cimbeleándolo el hijo de un ganaero de Ronda, un tal Antoñico el Pantalones.

Suspendió su delicada labor el barbero, y

-¡El Pantalones! ¿Y quién es ese Pantalones? -preguntó a su amigo.

-Pos el Pantalones es un mal ange que ha venío de la serranía, y eso de que está cimbeleando a la Paca es la chipé. Tú supónte que yo vivo cuasi a la vera de la Miraflores, y yo no salgo ni entro una vez tan siquiera en mi cubril que no me tropiece con ese arma mía. Y, además, que a mí me lo dijo mi Pepa, que jace ya cuasi una semana que me dijo: «Oye, tú, Frasquito, a la Paca anda maullándole un gato morisco que jace mu poco llegó de Ronda, y el cual, según dicen, son la mar de parneses los que habillela.»

-Pero la Paca -preguntó al Bitácora el señor Juan, con voz no exenta de inquietud- ¿maúlla también cuando le maúlla ese gato?

-La verdá es que yo no he visto ni he oído decir que la chavala responda, pero es que sa menester tener mu en cuenta que los batos de la Miraflores nunca han mirao bien a tu chaval, y que son gentes de las que les da una alferecía en cuantito oyen de sonar cuatro pesetas.

-¿Y dices tú que ese Pantalones es de los que no tiéen que reírle las gracias al casero?

-Como que, según parece, es hijo único, y el padre una vez, según dicen, remontó una cometa y le puso por jopo un puñao de billetes de los de circulación forzosa; pero, en cambio, tiée el gachó una carita de las que están pidiendo a voces una puñalá trapera.

-Es que ya sabes tú lo que dice la copla, que el «el dinero es mu bonito...».

Cuando media hora después quedó a solas el señor Juan, en vano intentó coger el sueño, y cavilando en lo que el Bitácora le acababa de decir estaba, cuando penetró de nuevo en la barbería Joseíto el Cardenales preguntándole al barbero:

-Qué, ¿no ha venío mi pariente Cayetano? -y ante el movimiento negativo de aquél, añadió, sentándose-: Pos lo esperaré, porque tenemos que dir a ver cuándo sale el primer vapor pa la Argentina.

-Pero ¿es que se va de emigrante ese pariente tuyo?

-¡De emigrante! Pos si tiene el gachó haberes jasta pa jacerle la competencia cuasi a la casa de Comillas.

-Pos que un divé se los aumente. Y oye, tú, platicando de otra cosa, ¿se puée saber qué era lo que tú tenías que decirme?

-Pos lo que tenía yo que decirle a usté era que comienzo a estar una miajita cabreao con un pajarraco que anda revoloteando desde jace unos días en la calle aonde vive la gachí por quien delira Antoñuelo.

-Eso mismito acaba de decirme el señor Frasquito el Bitácora.

-Pos eso no puée ser -dijo brusca y enérgicamente Joseíto-. Y no puée ser porque yo conozco a los padres de la Paca, que están siempre rabiando por apartarla de la querencia de Antoñico, y que son de los que se quean aletargaos en cuanto ven una faltriquera en cinta. Y yo le digo a usté que eso no pueo consentirlo yo, porque fueron más de cien mil millones las veces que me dijo Antoñuelo, antes de irse, que se diba tranquilo na más que porque sabía que me queaba yo al cuidao de su clavel de bengala.

-Puée que eso no sea más que un romance, y además que no creo yo que la Paca transija ni con ese ni con ninguno.

-Eso creo yo tamién; pero por sí u por no, voy yo a dir a enterarme bien de lo que pasa, y endispués Dios dirá. Pero que le conste a usté que lo que es este cura no premite que le den una esazón al Antoñico por mo de ese otro, Antoñico el Pantalones.

Y diciendo esto se levantó Joseíto, y momentos después alejábase de la barbería, con la mirada torva y con el ceño fruncido.



La Miraflores de Arturo Reyes

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II[editar]

La luz del sol caía en el patio como tamizada por las verdes hojas del parral; las ramas del jazmín y de la madreselva tendían sobre los blancos muros a modo de caprichosos pabellones; brillaban en los limpios arriates casi todas las tintas con que Dios matizara las flores en los campos de Andalucía; trasudaba el renegrido cubo en cristalino goteo sobre el alto brocal del pozo, y sentada en una silla de pequeñas dimensiones en uno de los ángulos del patio, cosía cantando a media voz la bellísima bienamada de Antoñico el Cartagenero, y cosiendo y cantando seguía cuando la voz de la señora Pepa le anunció la visita de Joseíto el Cardenales.

-¡Dígale usté que entre aquí si quiere! -gritó con voz argentina.

Bien merecía Paca su renombre de mujer hermosa por su cuerpo esbelto, armónico, sin que excesivas arrogancias desdibujaran el elegante lineal de su figura; por su rostro, si no de una absoluta perfección, sí de una atracción irresistible; de nariz leve, levísimamente arremangada que ponía en su rostro algo de graciosamente picaresco, de labios rojos y fragantes como pétalos de flores; de ojos de una transparencia tan azul, de tan serena profundidad que parecía mirándola que podría verse a su través las más esfumadas matizaciones del alma; a su frente noble y pura servía de reluciente diadema la magnífica rebelión de sus cabellos de oro; su barba uníase en una ondulación suavísima a su garganta redonda y tornátil, aprisionada en aquellos momentos por un collar de abalorios; un vestido de batista celeste modelaba sus formas elásticas y tentadoras, y un pañuelo de encajes, su seno virginal, de elegante curvatura.

Joseito tardó poco en penetrar en el patio seguido de la señora Pepa, cuyo semblante aún recordaba un pasado esplendoroso.

-¡Gracias a Dios, hombre, que vuelven a verte los ojitos de mi cara! -exclamó la Miraflores con acento alborozado, al ver penetrar en el patio a Joseito.

-Si es que yo no te quiero ver muy a menudo -le repuso éste al par que se sentaba en la silla que la señora Pepa le ofreciera.

-¿Y se puée saber quién ha sío el mal corazón que ha lograo que tú me tomes a mí tantísimo aborrecimiento?

-Si no es aborrecimiento, criatura; si es que cuando te veo tres veces seguías, aluego ya no me gustan más que tres mujeres: tú y tú y la Divina Pastora.

Durante algunos minutos charlaron de cosas indiferentes, y aprovechando los momentos en que un marcadísimo olor a pegado hizo salir de estampía a la Clavijo en auxilio de la olla,

-Oye, tú, que yo necesito hablar contigo -dijo el Cardenales a la muchacha, la cual le repuso mirando recelosa hacia la puerta:

-Y yo también necesito hablarte, asín es que te espero esta noche sin falta, a las ocho en punto, en ca la Pinturera.

Cuando momentos después regresó al patio la anciana, se encontró con que Joseíto ponía al tanto a su hija del motivo que había tenido Paco el Tronío para poner punto final a sus relaciones con Micaela la Peinadora.

Transcurrido que hubo un rato, se despidió Joseíto y se fue en busca de su pariente, con el cual permaneció todo el resto del día, y sentido que hubo de sonar las ocho, se dirigió a casa de Lola, a la que encontró en la ventana en compañía de Paquita la Miraflores.

-Así me gustan a mí los hombres, ¡puntuales! -dijo ésta, sonriendo, mientras Dolores sonreía también al recién llegado, y

-Pero vamos a aprovechar el tiempo -continuó Paca-, no sea cosa que venga la madre de Lola y me quede yo sin enterarme de lo que tú tienes que decirme.

-Bueno, pos lo que yo tenía que decirte era que me habían dicho que desde hace unos cuantos días anda gimiendo y llorando por ti un gachó que se ha venío de Ronda y que ha perdío los papeles por tu carita gitana.

-Pos eso mismamente, sin lo de la carita gitana, era lo que yo te tenía que decir, y además que tú no puées figurarte el jerre que jerre y el dale que le da que traen conmigo los que me trujieron al mundo porque transija yo y le dé cuartel a ese hombre.

-Pos ya tengo yo ganas de verle las jechuras y el perfil a ese mocito.

-Pos no se meta usté en eso, hijo -exclamó Lola haciendo un mohín desdeñoso-, porque no hay naíta que temer de ese gachó, que tiée un trago pa cualisquiera presona de gusto; como que a mí ca vez que lo veo se me pone malo el cuerpo.

-Pus por Murillo le parece a mi gente que está pintao, y tan le parece eso que no voy a tener más remedio que transigir y que tener con él algún que otro rato de palique, porque si no er cólera les va a dar a mis padres, y ellos a mí me van a quitar la vía a fuerza de berrinchines.

-¿Que tú vas a tener un rato de palique con ese gachó? ¡Vamos, mujer! ¿Quiées tú que en cuanto se entere Antonio me pregunte a mí que si yo estoy pintao a la acuarela en un peazo de cartulina?

-¡Pos no voy a tener más remedio, hijo, porque como mi padre pa mí no es el sereno del distrito ni mi madre la patrona del fielato...!

-Pero ¿no comprendes tú que cuando se entere Antoñillo de eso se va a morir de la pena?

-¡Pero te crees tú que yo voy a transigir con ése! ¡Vamos, hombre! Yo, en tu caso, lo que haré será entretenerlo hasta que venga Antonio, y cuando él venga, entonces veremos lo que se jace.

Quedó en silencio durante algunos instantes Joseíto, y después, levantando la cabeza bruscamente, exclamó, mirando con expresión de triunfo a la Miraflores y a Lola la Pinturera:

-¡Camará, y el pesqui que a mí me ha dao Dios! Como que me parece a mí que voy yo a poer arreglar este asunto, si es que tú te sientes capaz de jacer toíto lo que yo te diga.

-Yo soy mu capaz de to; yo soy más valiente de lo que tú te figuras.

-Pos vamos a ver eso enseguida; vamos a ver qué es lo que tú dirías si en lugar de arrimársete ese guasón, se te arrimara un mocito la mar de garboso, y la mar de simpático, y la mar de pinturero, y con la mar de parneses.

-Oiga usté -exclamó Lola con acento suplicante-, ¿no podría usté jacer una obra de misericordia diciéndole a ese gachó que se arrimase a mí en lugar de arrimarse a Paca, que tiée más aquerenciaos que armendras los Verdiales?

-A ve, explícame tú eso mu clarito, que yo lo entienda bien -le dijo Paca mirándole con los párpados entornados.

-Pos si la cosa es más clara que el sol. Supónte tú que yo tengo un pariente que acaba de llegar de Écija, y que va a dir enseguiíta pa Buenos Aires; tú supónte que ese pariente mío te ve ese proigio que Dios te puso por cara y que, como es natural, el mozo se quea chalaíto del to, y como es más libre que el viento, pos el gachó encomienza a arrullarte. Supónte tú que tú encomienzas a sentir que se te ablandan las entrañas y se entera de esto el de Ronda, que comprende que con un mozo del mérito de mi primo no le puéen salir más que las contrarias, y, como es natural, pos el hombre, por no tener que asesinar a mi pariente lanza la vela y pone la proa a la mar. Tus padres, los señores de Clavijo, como el otro tendrá cuasi tantos parneses como el de Ronda, porque ya me encargaré yo de que se lo crean, nos encomienzarán a darse a partío, y cuando Antonio esté al venir, pos Cayetano, porque mi primo se llama Cayetano, se abronca contigo y tú te abroncas con él por si miraste o dejaste de mirar a Fulanito ti a Menganito; truenan ustedes, él coge el vapor, el vapor iza el ancla y tú te queas con tu Antonio, y a mi aluego me dan ustedes la laureá, y si no lo jacen ustedes es porque no tiéen ustedes corazón ni saben portarse como Dios manda y manda nuestra Santa Madre Iglesia.

-Y oye tú, ¿a ti qué te parece lo que dice Joseíto? -preguntó Paca a la Pinturera, mirándola con expresión interrogadora.

-Pos, hija, a mí me parece la cosa la mar de bien, pero que la mar de bien que me parece.

-No, si a mí tampoco me parece la cosa mal; pero es que no sabemos si ese hombre estará u no estará conforme con meterse en esas honduras.

-¡No ha de estar conforme! A mí no me niega él un favor que yo le pía.

-¡Pos entonces más vivo! -exclamó, incorporándose, la Pinturera.

-Pos más vivo -repitió la Miraflores, y

-¡Pos más vivo! -repitió también, despidiéndose con un movimiento de cabeza de las dos mujeres, el mejor amigo deAntonio el Cartagenero.



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III[editar]

Cuando Cayetano se enteró de lo que de él solicitaba su primo:

-¡Pero hombre! -exclamó con acento de reproche-. Tú no debes estar bueno de la tetera; yo qué he de hacer eso que tú me pides, ni manque me des la luna.

Joseíto no objetó nada a lo dicho por su pariente, y

-Está bien, hombre -dijo con acento resignado, y tras algunos instantes de silencio, continuó-: Pos si es asín me voy a ver si encuentro por ahí alguno que me tenga una miajita de más buena voluntá que tú y que me tenga en más estima.

Se acordó Cayetano de los favores que le era en deber al Cardenales, y exclamó con acento desabrido:

-¡Por vía del que menea la mar!, no busques a nadie, hombre, no busques a nadie, que yo lo haré; pero que te coste a ti que jacer yo eso que tú me píes es mucho más grande pa mí que tomar una trinchera.

Sonrió con expresión regocijada Joseíto, y

-Ya sabía yo que arrematarías tú por ahí -exclamó-. No ves tú que yo te conozco y sé que tú no eres capaz de negarme un favor que yo te pía.

Cuando Joseíto salió del parador, se fue a casa del Cartagenero, al cual puso al corriente de sus propósitos.

-¡Camará, y lo que tus güesos chanelan! -exclamó el barbero asombrado-. Hoy mismito le voy a escribir a Antoñuelo pa que vea lo que es un amigo bueno y leal, un amigo, en fin, con toas las de la ley.

-¡No le diga usté naíta, por su salú! ¿No ve usté que yo a él me lo sé de memoria, y sólo de pensar que otro gachó, manque sea de mentirilla, está hablando con su Paca, le va a dar un sanguiñuelo?

Desde la barbería se fue Joseíto a la casa de la Pinturera, a la que encontró en el patio de la casa luchando heroicamente encorvada sobre el lebrillo de lavar, por el aseo de toda la familia, y acompañada de varias de sus convecinas.

Esto desconcertó un tanto al Cardenales, que no quería, como es de suponer, soltar prenda delante de tanta gente, pero Lola, que lo comprendió así, acudió en su auxilio, y

-¿Qué? -le preguntó al par que porraceaba briosamente la ropa-. ¿Se decide o no se decide ese amigo de usté a vender, por fin, el jaco?

-Mi trabajillo me ha costao -le contestó el Cardenales con acento indiferente-, porque yo no he visto, ¡camará!, más apego que el que le tiée ese gachó a su montura; pero, en fin, como el otro no se lo paga mal, y además él sabe que ha de cuidar al bicho como si fuese de la familia, y además él siempre tiée gusto en que yo me gane unas cuantas colunarias...

-¿Y dice usté que es un buen bicho, verdá? -le preguntó Lola con acento de zumba.

-Como que no se encuentra un jaco más mejor que ése, ni más bien plantao, ni con un pelo como el suyo, que parece sea, y fino de cabos que es y ancho de culata y noblejón; en fin, una prenda, lo que se llama una prenda.

-Usté lo que debe jacer es amarrar el negocio y que el uno dé una señal y que el otro suelte el jaco.

-Esta misma tarde, a las seis en punto, estoy yo con el bicho elante de la casa del otro. Y que no lo voy yo a llevar mu pinturero, chavó, con su jato de sea, con su baticola bordá; en fin, con un atajarre de los que quitan el sentío. Lo que es que no sé si podré yo ver a güena hora al otro gachó pa que esté en su casa cuando yo vaya a llevarle el bicho.

-A esa hora está allí tos los días, y hoy estará también seguramente.

Y al decir esto, una rápida sonrisa hizo comprender que no tenía que ocuparse más de aquello a Joseíto el Cardenales, el cual siguió hablando de cosas indiferentes con Lola y sus convecinas.



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IV[editar]

Cuando Cayetano quedó a solas en su habitación, sentóse en el borde de la cama, y

-¡Por vía e Dios -dijo con acento malhumorado-, cudiao que esto es más grande que el día del Corpus! ¡Pero, en fin, qué se le va a jacer! A ese charrán de Joseíto yo no pueo negarle na que me pía, y como no pueo negárselo, pos paciencia y a barajar, y que sea lo que Dios quiera.

Terminado su monólogo, se tumbó Cavetano en el revuelto lecho, y Dios sabe a qué hora hubiese dejado de atronar la estancia con sus ronquidos, a no haber penetrado en ella como penetró dos o tres horas después Joseíto el Cardenales, gritando con enérgico acento de protesta:

-Pero, chavó, ¿qué jaces? ¡Valiente mo de roncar! ¡Pos ni que fueras un órgano!

El de Écija volvió cortésmente las espaldas a su primo, el cual zamarreándolo bruscamente, continuó:

-Anda ya, hombre, anda ya, por tu salucita que andes ya. Mira que yo he quedao en que a las seis en punto pases tú por la reja de Paca la Miraflores.

Comprendió aquél que no había escape posible, y se lanzó fuera del lecho y dio principio, adusto y silencioso, a su personal aseo y decorado.

Representaba el de Écija algunos años más que su primo, y era de regular estatura, de talle largo, de piernas robustas, de pecho arrogante; su rostro oval era de correctas facciones ligeramente acentuadas; su tez, limpia y fresca; su boca, juvenil; sus ojos, grandes y oscuros, de dulce mirar, velados por larguísimas pestañas; su pelo, castaño, rizoso y reluciente.

Aconsejado por su vanidad, se engalanó con un traje de alpaca negra y brillante, pañoleta grana, brodequín de becerro blanco y amplio pavero gris, el cual se colocó de modo que dejara libre alguno de los rizosos mechones que se le encaracolaban sobre la tersísima frente.

Cuando su primo lo vio ya listo del todo

-¿Sabes tú -le dijo- que estás pa que te chillen, salero?

Cayetano sonrió, y

-Pos vámonos a que yo mate ya de una vez a esa paloma -le repuso dirigiéndose hacia la puerta de la sala.

-Yo no voy contigo; ahora te vas tú solito, que yo me iré a esperarte a la taberna del Tulipa.

Cayetano se separó del Cardenales en la puerta del parador y se dirigió hacia la calle donde tenía que flechar y ser flechado por la novia de Antonio el Cartagenero.

No dejó nuestro mozo de sentir acariciado su amor propio durante el camino al notar alguna que otra vez cómo tal o cual hembra ponía en sus ojos lo que hacía el debido recato enmudecer en su boca.

Ya en la calle, merced a las indicaciones de Joseíto, no vaciló un punto respecto a cual podía ser la casa habitada por la Miraflores. Era la más riente de la calle; en su ventana tendía una dama de noche sus perfumados verdores. Al pasar por delante de ella quedó sorprendido Cayetano al ver destacarse sobre el fondo a medio iluminar de la habitación la figura gentil de Paca, su rostro de nieve y rosa; de ojos y labios que sonreían con maliciosa expresión, y de frente tersa y nítida, sobre la cual relucía el grecaje de oro de sus cabellos adornados con algunas flores carmesíes.

Cayetano, repetimos, se detuvo sorprendido contemplando aquel cuerpo más elástico, más elegantemente ondulado que el cual no recordaba haber visto ningún otro; aquella tez que herida por la luz del sol, antojábasele a él que tenía opalinas irisaciones; aquellos ojos en cuyas luminosas profundidades parecía nadar un tropel de dulcísimas promesas; aquella boca en que la gracia y la malicia hacíanse sonrisas entre tintas carmesíes; aquel pelo espléndido, áureo y sedoso en que cada cabello parecía una hebra de sol, y al ver aquel conjunto inmutóse ligeramente, puso un tono pálido en sus mejillas, una vaga sensación que recorrió su cuerpo como un ligero escalofrío, y

-¡Virgen Santísima! -exclamó con acento sordo, y-: ¡Virgen Santísima! -repitió mientras Paca sonreía halagada por el asombro que había visto pintarse en los ojos del primo del Cardenales.

Cuando llegó Cayetano a la taberna, le aguardaba ya en ella aquél en compañía del señor Paco el Silguero, el más vivo de los chalanes de toda España.

-¿De aónde vienes tú ahora? -preguntó el Cardenales a su primo con acento indiferente.

-Pos ahora -le repuso Cayetano- vengo de mi casa. Pero, ¡camará!, me dio la mala tentación de venirme por calle del Refino y creí que me queaba en ella marnetizao... ¡Jesús, y qué gachí que he visto en una ventana!

-¿Y qué señas tiée esa señora? -le preguntó el señor Frasquito el Silguero.

-¿Que qué señas tiée? Pos supóngase usté una chavalilla con talle que es un mimbre, con un cuerpo al que no se le puée quitar ni poner ni lo que aburta un garbanzo; con una carita catorce veces más blanca que el armiño, con ojos más azules que er cielo, con un pelito más rubio que el oro, con un...

-No siga usté, compadre- exclamó con expresión convencida el señor Frasquito-. Por las señas que usté da no puée ser otra esa mujer que Paca, la novia de tu amigo Antoñico el Cartagenero.

Y esto lo dijo el señor Paco dirigiéndose a Joseíto el Cardenales.

Este se puso serio, y

-Sí- dijo con acento grave-; por las señas debe ser esa que usté dice; pero si es ésa ya te puées está jaciendo la cuenta de que esa gachí es la luna u la estrella polar o el lucero matutino.

Y esto lo dijo mirando con expresión casi amenazadora a Cayetano.

-¿Y eso por qué? -preguntó éste mirando con expresión de asombro al Cardenales.

-Pos por una razón mu sencilla- le repuso Joseíto, encogiéndose de hombros-: porque a esa gachí le habla un gachó que es pa mí como si fuera mi hermano.

-Pos lo será pa ti; pero ¿a mí qué me cuentas tú con eso?

-Es que yo no pueo consentir en que tú quieras jacerle un pie agua a un amigo mío.

-Pos si no lo puées tú consentir, ve y cuéntaselo a Santiago Apóstol, porque güeno que si fueras tú, yo le diera contravapor a mi gusto; pero en no tratándose de ti, en mi gusto nadie manda.

-Güeno, por si a ti te gusta la Paca -dijo el Cardenales-, se lo cuentas al mismo Verbo Divino.

-Pero, hombre -exclamó el señor Paco dirigiéndose a Joseíto-, si la cosa no merece la pena. ¡Pos ni que este caballero le hubiese quitao a esa paloma, con sólo haber puesto los ojos en ella, toas las plumas de las alas.

-Güeno, pos no platiquemos más de esto y que traigan más bebía.

-¡Y pa qué más bebía! -refunfuñó el señor Frasquito.

-Porque es mucha la sé que me ha entrao de pronto. Con que a ver tú, Tulipa, tráete pa acá dos cañeros.



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V[editar]

Antoñico el Pantalones, peine en mano y de pie delante del espejo, ponía en éste una mirada rencorosa al verlo reproducir de modo tan poco lisonjero para él su rostro de tez oscura y pecosa, su nariz de aventados cartílagos, sus ojos insignificantes y su boca de labios pálidos, que al entreabrirse dejaban ver la dentadura desigual y amarillenta.

Durante algunos minutos maniobró el peine ordenando y desordenando para volver a ordenar los mechones de pelo oscuro, hasta que cansado y desesperanzado el prócer de la rondeña serranía de poder dar a su rostro lo que el Supremo Hacedor de todas las cosas le negara, dio fin a su labor decorativa, se puso de cualquier modo el flamante rondeño, encendió un cigarro cuyo fagín delataba lo aristocrático de su estirpe, y se lanzó a la calle a continuar el asedio de aquella hasta entonces inexpugnable preciosísima fortaleza que tan sin gusto, y tan sin sosiego, y tan sin vivir le traía.

Llegado que hubo a la esquina de la calle donde estaba la ermita de sus amorosas devociones, clavó sus ojos en la reja donde tan breve número de veces había conseguido ver a Paca, y chasqueado en aquella como en tantísimas otras ocasiones, al llegar a la otra esquina penetró, para allí consolarse de sus amorosos infortunios, bebiendo y charlando con el tabernero, en el hondilón famoso de Tobalo el Quitapena.

Este, que entreteníase en colocar ordenadamente las limpias copas en uno de los extremos del mostrador, salió precipitadamente al encuentro del de Ronda diciéndole con acento servicial y desesperado sin duda por no poder poner más de una sonrisa en sus labios:

-¡Hola, don Antonio! Ya lo estaba echando yo a usté de menos. ¿Quiere usté que le sirva un Montilla que acabo de recibir, que dicen que es el que beben los ángeles en el cielo?

-Sí, tráeme unas copas -le repuso aquél, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda azul-. Por más que lo que yo debía beber no era más que zarzaparrilla de Bristó.

-Eso jase la sangre agua -dijo en aquel instante el señor Frasquito el Silguero, el cual, en uno de los ángulos del hondilón, en una silla retrepada contra el muro, entreteníase en pasar por el lomo a un enorme gato rabón, colocado sobre sus escuálidas piernas, la mano enjuta y renegrida como un sarmiento.

Saludó al de Ronda con un movimiento de cabeza al viejo chalán, y

-Por eso yo no la bebo -le repuso-. Pero ahora créalo usté que me sentaría muy requetebién el beberla.

-Porque usté, y viste disimule la franqueza -dijo el dueño del hondilón al par que colocaba algunas copas sobre una de las mesas-, es más súpito y más voluntarioso que nadie, y las cosas en la vía sa menester tomarlas con más calma, y sobre to las cosas de las mujeres.

-¡Ese es un mal ganao! -murmuró con voz sentenciosa el señor Frasquito-. Otro gallo nos cantara si Dios no hubiese puesto más que a Adán en el paraíso.

-¡Vaya si es un mal ganao! -dijo el Quitapenas-. Y además de mal ganao, que la más viva tiée de cordobán los sentíos, porque pensá que haiga gachí que le ponga a usté cara de hule por ponérsela de raso a un mocito sin más fortuna que el canuto cuando se lo den... Vamos, hombre, que hay cosas que le dejan a uno como tonto de remate.

-Como si lo viera: se trata de la Miraflores.

-De la Miraflores, hombre, de esa gachí que pa jacer lo que jace debe tener cinco cascabeles en vez de cinco sentíos.

-¿No quiere usté probar este Montilla, que no es malejo del to? -dijo Antonio dirigiéndose copa en mano hacia donde estaba el Silguero.

Este colocó cuidadosamente el gato en la silla y tomó la caña que aquél le ofrecía diciendo:

-Lo probaremos -y tras apurar la copa con tal elegancia que acreditaba su habilidad y larga práctica en aquella clase de trasiegos, añadió después de hacer castañetear la lengua contra el cielo de la boca-: No es malejo del to, no, señor, que no es malejo.

El Pantalones, después de asomarse a la puerta y dar un nuevo vistazo a la reja que continuaba solitaria de la Miraflores.

-¡Cámara con esa gachí! -dijo-. ¿Querrán ustedes creer que no la veo desde antier por la mañana, que la vide por casolidá?

-Como que yo usté -díjole el señor Frasquito- lo que hacía era agüecar ya el ala de una vez, porque me parece a mí que pensar en querer llevarle el pulso al Cartagenero es tiempo perdío, no porque el Cartagenero valga más que usté, sino porque a la trágala no se consigue na con ninguna de las que gastan chaponas, y lo mismo que le pasa a usté con ella le pasará seguramente a Cayetano, el primo del Cardenales, que cuando la vio ayer por vez primera, por poquito se empieza a tocar el pito de carretilla. Por cierto que si no es por mi, se agarran dambos parientes, porque como el Joseíto es tan uña y carne del Cartagenero, pos al hombre se le puso sobre el corazón que su primo no había de mirar siquiera a la Paca, y el primo dijo que a él le importaba tres coquinas el Cartagenero. Total, que si no es porque me cogió a mí allí, tienen un enganche, y hubiera sío una cosa mu esaboría, porque Joseíto es más duro que un acebuche, y el otro me parece a mí que no es de to comer, ni es de to mantequilla de cacao.

El Pantalones había palidecido oyendo al señor Frasquito, y cuando éste hubo concluido, le preguntó con voz en que se notaba la celosa incertidumbre de su espíritu:

-¿Y usté cree que el Cayetano hará caso de su pariente?

-Y qué sé yo -repúsole el Silguero, encogiéndose de hombros-. Pero si al gachó se le ha quedao pegá a la pupila la cara de la chaveíta, entonces un divé sabe lo que puée ocurrir, porque la verdá es que el tal es un mozo de órdago, toíto un mozo de tronío.

Y el famoso chalán guiñó un ojo al tabernero al ver la cara que, oyéndole, había puesto Antoñico el Pantalones.



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VI[editar]

Cuando Paca vio detenerse delante de su ventana a Cayetano y retratarse en los ojos de éste la impresión que en él causaran sus hechizos, acariciada por aquellos ojazos elocuentes y de adormecido mirar; al escuchar aquella invocación a la Virgen, hecha por el de Écija con una voz tan dulce y tan varonil en una explosión de entusiasmo; cuando se enteró, para lo cual bastóle una sola mirada, de que el primo del Cardenales podía rivalizar en gallardía y en elocuencia con el mozo de mejor empaque del barrio, quedó meditabunda, y al siguiente día apenas logró quedar a solas con la Pinturera en el patio de su casa, exclamó dirigiéndose a su amiga, con acento entusiasmado:

-¿Sabes que ayer tarde vi al primo de Joseíto? ¿Y sabes tú que es un real mozo, con la mar de rocío, y sabes tú que creí que le diba a dar algo cuando me vio? Porque ¡vaya si sabe hacer sus papeles el mocito!

Cuando más engolfadas estaban en su diálogo ambas amigas, un tropel de muchachas alegres y alborotadoras penetró en el patio y una granizada de besos crepitó durante algunos instantes bajo el dosel formado por el parral y a modo de las verdes enredaderas.

-¿A que no sabes a qué venimos en comisión la flor y nata del barrio? -preguntó, dirigiéndose a Paca, la que parecía acaudillar el gracioso grupo.

-Como tú no nos lo digas...

-Pos venimos pa que esta tarde se vengan ustedes con nosotras a mecerse en unos mecedores que han puesto en la huerta del Soniche.

-Yo, en consintiendo mi madre, ya mismito.

-Tu madre acaba de decirnos que está conforme.

-Pues entonces no hay más que hablar.

-Bueno, pues nosotras vendremos aluego a recoger a ustedes, que ahora vamos a decírselo a Lolita la Campechana.

Y acaudillado por Pepita la Caperuza huyó aquel tropel de muchachas como un alegre bandurrio de pájaros tropicales.

Mientras Paca y Lola seguían charlando en el patio, decíale la señora Pepa a su dignísimo esposo, el cual, en mangas de camisa, se entretenía en cuida su percha de camachos y trigueros que era envidia y desesperación de los aficionados del distrito.

-Pos lo que yo te digo, Pepe, es que me parece a mí que tenemos en la calle otro palomo de cola un montón de veces más de recibo que Antoñico el Pantalones.

-¿Y se sabe quién es ese caballero? -preguntó a su mujer el señor Pepe al par que llenaba de alpiste el casillero de una de las jaulas.

-Yo no lo sé, pero por la pinta me parece a mí que no es de los que empiedran las calles ni de los que apagan las luces.

-¿Y dices tú que es hombre más de recibo que el otro?

-Un puñao de veces más, como que es la mar de güen mozo y la mar de bien plantao.

-Pos lo siento, porque pudiera gustarle a la niña más ése que el de Ronda.

-Lo que no tendría na de particular; por más que a la niña no le sabe a azúcar cande ninguno como no sea Antoñico el Cartagenero.

-Un porvenir pa cualisquiera.

-¡Toma!, pos por eso sa menester dir quitándole poquito a poco eso de la cabeza. Pero me parece a mí que lo que es con el que nosotros querernos no transije la niña, ni pa Dios ni por su Santísima Madre.

-Y con razón. ¡Porque mira tú que ese hombre tiée un trago!

-Tamién lo tenías tú, y ya ves tú como to es jacerse.

-Pero ¿es que me vas a comparar tú a mí con el Pantalones? Acuérdate tú de que cuando éramos novios ponías mi retrato en la mesa consola y le ponías delante siempre un manojito de flores.

-Aquello de las flores era liria pa cogerte. Pero acuérdate también de cómo al siguiente día de haberte cogío ya no había ni retrato, ni flores ni na en la mesita consola.

En aquel momento fue interrumpido el diálogo por Paca, que llegó preguntándole alegremente a la señora Pepa:

-Oiga usté, madre, ¿es verdá que está usté conforme en que yo vaya aluego un ratito a la huerta del Soniche?

-¿Va también la Pinturera?

-Ya lo creo, corno que se ha dío ya a ponerse sus cuatro trapos de gala.

-Pos anda tú a ponerte los tuyos; pero mucho cuidao con tontear con nadie como no sea con el que tú sabes que es el que más nos conviene.

Media hora después se colocaba la Paca delante de su madre con un vestido de batista blanco, adornado de nítidos entredoses; un lazo de seda con un broche dorado le oprimía la esbeltísima cintura; un velo de tul celeste, salpicado de lentejuelas de plata arrollábase a su cuello y resbalaba por sobre su seno firme y redondo; sus pies aparecían primorosamente calzados con finos zapatos de charol, que dejaban ver las caladas medias oscuras; una pulsera con un caprichoso colgante de oro adornaba una de sus muñecas; un puñado de jazmines, que parecían prendidos por la mano de un artista, destacábanse entre los bucles de oro de su espléndida cabellera.

Contempló la Clavijo con muda delectación aquella obra maravillosa que ella, con el concurso del señor Pepe, hubo de traer a este valle de lágrimas, y después de dar una vuelta en torno de ella, dispuesta a enmendar cualquier olvido, yerro o torpeza, exclamó con acento complacido:

-Estás mu bien, pero que mu, bien, pero que mu requetebién; estás pa que esta tarde no haiga flor que se puea comparar contigo en el huerto del Soniche.



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VII[editar]

Los mecedores estaban suspendidos de las ramas más robustas de dos álamos que proyectaban su movible sombra sobre un espacio libre entre un campo de maíz y un grupo de naranjos, entre cuyos florecientes verdores amarilleaba el dorado fruto; espacio libre desde el cual divisábase la casa de la huerta sombreada por un vicio parral, y casi todos los terrenos de la finca en que las acequias y los bien labrados cuadros de hortaliza fingían un a modo de alfombra de geométricos dibujos y brillante colorido. Próximo a la casa habitación del hortelano, un amplio cobertizo de cañas y palmas secas prestaba sombroso refugio a la yunta que descansaba del duro y lento trabajo del día, mientras un bandurrio de gallinas tomaba por asalto con irrespetuosa osadía sus torsos aleonados y brillantes. Dos hileras de macizos de margaritas y de rosales silvestres flanqueaban el camino de la casa, y tras ésta un campo de cañas en que ya se resecaba el gabazo, se extendía como un manso oleaje de oro hasta ir a morir en la próxima carretera.

Un tropel de muchachas, todas engalanadas con los vestidos de los días de fiesta, bullía y rebullía alegremente procurando ocultarse a los ojos avizores del Soniche, que en el camino de la casa departía grave y circunspecto con Antoñico el Pantalones.

Paca y Lola y dos de sus compañeras, sentadas sobre un murete adosado a un albercón ruinoso, charlaban y reían, no sin que de vez en cuando asestaran todas y cada una de ellas una mirada más o menos viva y centelleante en el grupo de mozos congregados al pie de los mecedores.

Cuando las que más corrían de acá para allá, como vivientes ramos de flores, se cansaron de correr,

-Vamos, niñas, a los mecedores -gritó la Caporala con voz sonora y estridente como un toque de corneta.

-¡Sí, a los mecedores! -gritaron aquéllas, sujetándose al correr las flotantes faldas.

Lolita Hinojosa, una gitanilla esbelta y morenucha y de rostro de acharranada expresión, fue la primera en llegar a uno de los columpios, del cual tomó posesión tan ágil y rápida como un pájaro; el otro se lo disputaron casi a puñadas Lolita la Peine y Rosa la Caperuza.

-¿Quien nos va a mecer? -preguntó la Hinojosa, intentando hacerlo sin más ayuda que el extremo de su pie casi invisible.

Enrique el Melenudo se acercó a la Caperuza, y a la Hinojosa, Perico el de la Calera.

Los mozos no favorecidos colocáronse algunos en sitio tan estratégico, que las muchachas hubieron de protestar con tal energía, que tuvieron que abandonar aquéllos sus bien escogidas posiciones.

Pronto la Hinojosa y la Caperuza empezaron a hendir el espacio impelidas vigorosamente por las manos del Melenudo y de el de la Calera, manos que parecían recrearse más en acariciar que en despedir a las que con las faldas sujetas a los tobillos no dejaban de gritar exigiendo a sus galanes mayor ímpetu en las mecidas.

En tanto los garridos columpiadores esforzábanse como por hacer llegar a las columpiadas más allá del horizonte visible, las otras amartelábanse acá y acullá, cada una de ellas con el mozo más de su gusto, mientras las encargadas de vigilar el graciosísimo rebaño no las perdían de vista, charlando y evocando, melancólicas, sus pasadas mocedades.

Antonio el Chirigota, que no había encontrado mujer con quien pegar la hebra, exclamó, dirigiéndose a dos de sus amigos que, tan poco afortunados como él, fumaban tranquilamente contemplando el riente panorama:

-¿Vamos a quemarle una miajita la sangre al Pantalones?

-Como no se la quememos con un misto...

-Ca, si pa que al gachó le dé un síncope no tenemos más que arrimarnos y ponernos de pico con Paca la Miraflores.

-Pos si tú lo que quieres es que le dé un síncope a ese gachó, ya no tiées que jacer más que ponerte a mirar los toros desde el tendío.

Y al decir esto, Pepe el Tallista señaló al Chirigota el de Écija, que avanzaba con pausado contoneo por el comienzo del camino.

-Pos es verdá -exclamó, gozoso, el Chirigota-. Y mira -continuó-: Mira la carita que ha puesto ya el gachó de la serranía.

-Pos ya lo ha marcao también la Paca.

-¡Digo! Y que parece que ése no le pone la boca tan de tuera como el otro.

No habían mentido ni se habían equivocado ninguno de ellos: el Pantalones, al ver a su rival, habíase demudado; Paca, por el contrario, habíale dicho a Lola con expresión de gozo:

-¡Mira, mira! Por ahí viene Cayetano.

Este llegó casi junto al grupo que formaban la Pinturera, la Miraflores y sus amigas, y exclamó, llevándose la mano al ala del amplísimo sombrero:

-¡Que Dios bendiga a lo más bonito de España!

Las mejillas de Paca se colorearon ligeramente, miró a sus amigas, que le sonreían maliciosas, y

-Buenas tardes -murmuró, mientras el Chirigota le decía a Pepito Cantillana:

-Me parece a mí que ése no va a tardar tres minutos en empalmar con Paca la Miraflores.

No se equivocó el Chirigota, pues todavía no habían transcurrido tres minutos, cuando aprovechando el de Écija un momento en que Paca habíase dirigido a arrancar algunas margaritas de uno de los grandes macizos, acercose a ella, siempre con pausado contoneo, la contempló en silencio breves instantes y le dijo con voz ligeramente conmovida:

-Na más que por verla a usté de cerca, carita al sol, me he metío yo en esta huerta sin conocer al hortelano.

Tornaron a enrojecérsele las mejillas a la Miraflores, y con voz temblorosa y bajando los ojos antes la mirada de aquél, le repuso, procurando enmascarar su turbación con una sonrisa:

-¡Josús, y qué cosas más grandes que pasan en este pícaro mundo! ¿Con que to eso ha hecho usté na más que por verme a mí carita al sol? Pos no creo yo que se merezca tanto mi cara.

-Yo no sé lo que su carita de usté se merecerá. Lo que yo sé es que desde que yo la vi a usté ayer por la tarde, unas tijeritas de oro fino le han cortao dambas alas a mi corazón y dambas alas a mi pensamiento; lo que yo sé es que ayer por la mañana era yo más libre que las olitas de la mar y que ahora estoy más preso que si estuviese metío en un calabozo; lo que yo sé es que antes me reía yo de la pena y que es ahora la pena la que se ríe de mí; lo que yo sé es que con usté de aquí palante de flores estaría sembrao pa mí el caminito de la vía, y sin usté lo va a estar de clavos y de puñales; lo que yo sé es que yo, que había venío aquí na más que pa coger la escala de un trasatlántico, no me siento con valor pa dirme de estas arenas en tanto y cuanto no me devuelvan lo que me han quitao unos ojitos azules y una carita charrana.

La Miraflores habla ido perdiendo las tintas de rosa de sus mejillas; la voz de Cayetano, llena de mal refrenadas vehemencias, tenía algo que había hecho vibrar un a modo de misterioso cordaje allí en donde jamás hasta entonces había puesto ni un solo eco la voz de hombre ninguno.

Cuando dejó de hablar Cayetano, se acordó Paca de que todo aquello no era más que una ficción, que todo aquel raudal de cadencias y de palabras amantísimas no había brotado en el alma de aquel hombre, y dominando aquella especie de encanto que su voz y su mirada le produjeran, retuvo un instante en sus labios una sonrisa que pugnaba por desaparecer, y

-Cualquiera, oyéndole a usté, pensaría -dijo con voz no limpia del todo de una vaga inflexión de despecho- que eran verdá toítas esas cosas tan regraciosas que acaba usté de decirme.

Una sombra resbaló por la frente de Cayetano, y

-Oiga usté -le preguntó con acento brusco-, ¿esta noche podría yo hablar con usté por la ventana?

-Por mi ventana no- le contestó mirándole con extraña y luminosa fijeza la Miraflores-; pero podemos hablar por la ventana de Lolita la Pinturera.

-¿Y ahora no me permitirla usté que yo siguiese a la verita de usté pa que se me fuera acostumbrando el corazón a gozar poquito a poco, no sea cosa que se me vaya a romper esta noche de repente de la alegría?

Paca pensó en el Pantalones, y

-No, señor -le repuso-, que lo que va usté a jacer ahora mismito es dirse de aquí, que no quiero yo que por mo de usté me den aluego mis padres un puñao de sofoquines.

Una ligera contrariedad se pintó en el semblante del primo de Joseíto, y clavando sus ojos en los de Paca con vaga expresión de súplica, le repuso:

-Yo me voy ahora mismito, si usté lo manda. Pero si usté no quiere hacerme sufrir, prométame usté que no subirá a ningún meceor cuando yo me vaya, ni premitirá usté que ningún otro hombre y sobre to uno que yo sé, tenga la suerte de poder estar mirándose, como estoy mirándome yo ahora, en los ojitos de su cara.

Paca contempló a Cayetano como si no supiera qué valor debía dar a sus palabras, pero al fijarse en lo dulce y persuasivo de su mirar, le repuso sonriendo:

-Bueno, hombre, bueno, le daré a usté gusto y no hablaré con ningún hombre y no me meceré. Y váyase usté ya, no sea cosa que vaya usté a peirme que cierre los ojos y que aguante la respiración, u que me vaya a un convento.



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VIII[editar]

Cuando el de Écija llegó al camino de Churriana, el sol caía, sin amortiguar todavía su fuego casi tropical, sobre la polvorienta carretera, flanqueada por dos acequias y por dos hileras de álamos blancos que brindaban pobre refugio a los abrumados por aquel sol que hacía relumbrar como de plata los pintorescos caseríos. Con paso lento y haciéndola rechinar con lastimeros sones, arrastraba el paciente tiro la pesadísima galera, cuyo vientre hundíase en el polvo del camino y bajo cuyo toldo abovedado de cañas y de lona cantaba el mayoral una copla melancólica; mientras un mastín corpulento jadeaba junto a ella con los hocicos a ras de tierra, y un rapaz hacía crujir el resonante látigo; una recua polvorienta y acansinada seguía con desesperante lentitud al liviano que hacía resonar la melancólica esquila; un cortijero barrigón y encanecido, jinete en un macho, adornado con vistosísimo atajarre, entregábase lánguidamente a los movimientos de su cabalgadura, defendido del sol por una gran sombrilla de seda encarnada; allá a lo lejos, una nube de polvo envolvía la diligencia que alejábase, no sin que el zagal hiciera resonar de vez en cuando la resplandeciente bocina; por delante de Cayetano desfiló una pareja de la Guardia Civil, grave, circunspecta, jinete en briosos corceles, abrillantados por el sol los vistosos uniformes.

El de Écija lo contemplaba todo con una inusitada alegría; veíalo todo como al través de un encantado cristal, parecíale que aquel día tenía el paisaje algo no advertido hasta entonces por él; antojábasele que todo cuanto le rodeaba se complacía en vivir, el sol en iluminarlo todo, el cielo en ser azul, el ambiente en ser cristalino, el campo en estar cubierto de verdores; todos los ruidos se fundían, para él, en una a modo de vaga y dulcísima melopea.

Cuando algunas horas después se encontró con su primo,

-Vamos a dar una vuelta por ahí -le dijo éste-, y me contarás lo que te ha pasao en el huerto del Soniche.

-¿Qué quieres que haiga pasao?-repúsole aquél, encogiéndose de hombros-. Que fui y que pegué la hebra con la Paca y que he quedao en ir esta noche a hablar con Paca por la ventana de Lola la Pinturera.

-¿Y el Pantalones?

-¡Y qué sé yo! Por más que yo creo que del berrinche debe estar a estas horas por lo menos con una junta de médicos.

-Pos di tú, chavó, que va la cosa de chipé -exclamó alegremente Joseíto.

-Tan de chipé -le repuso con acento sordo Cayetano-, que lo mejor que tú hacías era premitirme que no fuese yo esta noche ni nunca a platicar con esa mujer por la ventana.

-¡Y eso por qué? -le preguntó sorprendido el Cardenales.

-Pus porque en estas cosas Dios no sabe la hora que es, y lo mejor de las cartas es no jugarlas, porque lo mismo puées, a de uno que salir la del compañero, y supónte tú que por manos del demonio me gustara a mí una barbaridad la Miraflores.

-Pos peor pa ti -dijo, encogiéndose de hombros, Joseíto-, porque a Paca no hay quien la arranque de la querencia de Antonio.

Y mientras charlaban ambos amigos, Paca columpiábase lánguidamente en una mecedora en el patio de su casa, aun con los adornos con que se engalanara para ir al huerto del Soniche. Entreteníase en evocar su diálogo con el primo del Cardenales, cuyo acento parecía haber dejado una estela rítmica en sus oídos, y dedicada a tan para ella grato esparcimiento seguía, cuando la voz de su madre le hizo abandonar de mala gana la mecedora y dirigirse al interior del edificio.

Penetró Paca en la estancia que servía de comedor a los distinguidos señores de Clavijo, y a la vez de pajarera al jefe de la familia, y

-¿Me llamaba usté, madre? -preguntó a ésta, que la miraba con expresión adusta, mientras el señor Pepe empleábase en enseñar a posarse en la varilla a un triguero recientemente embragado.

-Sí, te llamaba -repúsole aquélla con voz llena de enojo-, y también te llamaba tu padre- y al decir esto posó la buena mujer una mirada casi homicida en el semblante de su don cuyo, que proseguía impertérrito en su paciente labor de educar al pájaro prisionero.

Comprendió la Miraflores que se avecinaba alguna tempestad, y

-Pos ya estoy aquí -dijo, sentándose frente a su madre, la cual, tras breve silencio, continuó:

-Tu padre y yo te hemos llamao pa que nos digas quién es ese mocito que desde antíer no sólo no deja la calle ni pa vestirse de limpio, sino que esta tarde ha pegao la hebra contigo en el huerto del Soniche.

Paca se encogió desdeñosamente de hombros, y

-Pos ese mocito, según parece, es uno de Écija, un primo del Cardenales, que está aquí de paso pa la Argentina, y si ese hombre se ha arrimao a mí esta tarde en el huerto del Soniche, no ha sio seguramente porque yo le haiga llamao. Ya sabe usté que yo no le doy pie a ningún hombre, porque maldita la gana que tengo de que se me arrime ninguno, que bastante tengo yo con lo que tengo.

-A quien tú no le das pie -exclamó la señora Pepa con voz irritada- es a quien debías dárselo; a un hombre que es más güeno que el pan y que te quiere más que a las niñas de sus ojos, y que esta prendaíto de ti y que te tendría como a una pajarita de plata en una jaula de oro.

-Mire usté, madre: lo que es a ése ni manque me lo trujieran engarzao en brillantes. ¡Si siquiera fuera el otro!

-¿Qué otro? El de esta tarde, ¿verdá? ¡Algún diputao a Cortes!

-Yo no sé que sea diputao, pero tampoco me parece a mí que es de los que tienen que pedir una chaquetita emprestá en cuantito llega el frío.

-No, encuerino no lo es -dijo el señor Pepe sin dejar la alta ocupación en que se empleaba y sin apartar los ojos del pájaro-. Yo sé que no es un descarcito del to ese primo del Cardenales.

-¿Y qué sabes tú? -exclamó, colérica, la señora Pepa. Y después, con acento irónico, continuó-: Cuando él se va a América, no le llegará el agua por mu debajo de las glándulas fijamente.

-Pos tampoco debe estar a punto de beberla contra su voluntá, porque yo sé que tiée en Écija un cortijo que vale tirao seis u siete mil duros, y que por el traspaso de la guitarrería le han dao cuatro o cinco mil pesetas de guante.

La señora Pepa había ido desarrugando el entrecejo a medida que hablaba su marido: si realmente el hasta entonces para ella desconocido tenía lo que la gente aseguraba, tampoco era cosa de ponerlo en la corriente de la calle, y mucho menos si de aquel modo y por mediación de él se conseguía arrancar a la muchacha de la querencia del hijo del señor Juan. Y al pensar esto la buena mujer, preguntó a Paca con acento ya algo menos belicoso:

-¿Y dices tú que ése te es más simpático que el Pantalones?

Paca permaneció silenciosa durante algunos instantes, y después exclamó:

-Lo que digo yo es que de tener que pechar a la fuerza con alguno de los dos, pecharía más a gusto con ése que con el otro.



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IX[editar]

Quince días eran transcurridos desde aquel en que Cayetano se acercara por primera vez a la ventana de Lola para hablar con la bien amada de Antoñico el Cartagenero. Y para que se enteren los cine nos leen de cómo iban las cosas, nos permitiremos conducirles de nuevo a la barbería del padre de Antoñico, en un momento en que a la luz de los mecheros de gas veíase a Joseíto el Cardenales, que, con los brazos atrás y con el sombrero en la coronilla, iba de acá para allá con el semblante contraído y diciendo con voz irritada:

-Es que las gentes son mu malitas. ¿sabe usté, señó Juan? Pero que mu malitas, y si Cayetano no se fue ya en el vapor del día cinco no fue por culpa suya, sino por uno de los documentos, que se le quearon orvíaos en Écija cuando vino.

-Hombre, mira tú qué casolidá, y no lo echó de menos sino en el mismísimo día del embarque.

-Naturalmente. ¿Usté cuándo echaría de menos la barbera sino cuando fuese usté a afeitar a algún amigo?

-Desengáñate, Pepe; lo que yo te digo es el Evangelio; cuando el río suena... Además, hombre, que no es una sola persona la que ha venío a decírmelo, ¡sino to el barrio en romería cuasi! ¡Si no hay uno que no me diga que el Cayetano está más loco que una cabra por la Miraflores, y que la Miraflores está más loca que otra cabra por Cayetano!

-¡Pos eso se ha de saber mu pronto! Vamos a ver, ¿cuándo cree usté que esté aquí ya el Antoñuelo?

-Pasao mañana, que es cuando yo debo tener carta suya, te lo diré fijamente; pero yo carculo que lo tenemos aquí, a lo más tardar, el domingo.

-Pues yo le prometo a usté que cuando vuelva Antoñuelo, el domingo no se encuentra en la reja de la Paca a mi primo Cayetano.

Y minutos después golpeaba el Cardenales con los nudillos en la puerta de la habitación que ocupaba su pariente en el más típico de los paradores de Málaga.

Al brioso llamamiento no tardó mucho en abrirse la puerta por manos de el de Écija, el cual, al ver el semblante adusto de su primo, exclamó con voz ligeramente turbada:

-¡Camará, pos ni que vinieras por los Santos Oleos pa alguno de la familia!

-Pa que me los den aquí mismo vengo yo. ¿Tú sabes el berrinche que me acaba de dar el Cartagenero y el falso testimonio que a ti te han alevantao?

-A mí un falso testimonio! -exclamó aquél, poniéndose ligeramente pálido.

-Supónte tú si lo es; tú supónte que al señor Juan le han dío con el cuento de que tú estás loco por la Paca y de que la Paca está loca, pero que loquita perdía por tu presona.

-¿Por mi presona? Vamos, hombre, no digas tonterías. No diré yo que no me puea ver, pero de eso a esta guillaíta por mí hay un tirón como desde aquí a Pamplona.

El Cardenales miró con ojos escrutadores a su pariente; no había pasado inadvertida para él la habilidad de éste para contestarle, no hacer mención más que de Paca, y no conforme con aquel modo de hurtar la propia persona a la contestación, le preguntó con acento firme:

-Güeno, está bien, estamos conformes en que tú no crees que ella esté por ti loquita perdía. Pero y tú, ¿es verdá u no es verdá que te has prendao de Paca la Miraflores?

Cayetano se quedó sin saber lo que contestar a pregunta tan lacónica y terminante, y tras algunos momentos de vacilación, sacudió los hombros como si intentara despedir una carga invisible, y mirando firme y decidido a su primo, le repuso con voz enérgica y con resuelto ademán:

-Pues bien: sí, es verdá que estoy prendaíto del to de la novia de Antonio el Cartagenero.

No esperaba el Cardenales respuesta tan firme, tan categórica, tan fulminante, como la que le acababa de dar el de Écija, y desconcertado ante aquella contestación inesperada, quedó en silencio durante casi un minuto, y tras aquel minuto de silencio exclamó con voz vibrante:

-Pos eso es una mala chanaíta que yo no te pueo consentir, porque yo no pueo consentir que por causa mía, y con mi ayúa, le haigas tú sacao la tierra de debajo de los pies al Cartagenero.

Cayetano había recobrado la serenidad de espíritu, y con voz apacible y apacible mirar, dijo a su primo:

-Mira, Pepe, vamos a ver: si Paca me hubiese tomao a mi tanto apego como yo le he tomao a ella, ¿qué es lo que tú conseguirías con que me fuera?

-Pos conseguiría que el Antoñuelo al volver no se tropezara contigo en la ventana y no pudiera decir, por lo tanto, que yo le había traicionao.

-¿Y qué dirías tú si Paca, de irme yo, cuando volviera el Cartagenero, no le permitiera arrimarse a su reja?

Joseíto, que se había sentado en una de las sillas, una pierna sobre la otra, y descansando la barba sobre una mano, no contestó a su primo, que continuó con acento al parecer tranquilo:

-Mira, Joseíto, ya viste tú que yo me metí en este lío contra to el torrente de mi voluntad. Desde el primer día que mis ojos se clavaron en la carita de esa mujer se me pegó fuego al corazón, y yo, en cuantito vi el humo, me fui a ti y te dije: «Mira, Joseíto, que esto es un mal negocio y que no quisiera tallar, por lo que pudiera suceder, en esta banca.» Tu te echaste a reír y me dijiste: «Peor para ti, porque a esa gachí no hay quien la arranque de la querencia de Antoñuelo.»

-¿Y no dices tú -le dijo bruscamente, el Cardenales- que tú crees que a la Paca no le alteras tu el pulso por mucho que tú le digas?

-Eso lo digo yo porque... lo digo. Pero vamos a hacer una cosa. ¿Tú no dices que el domingo viene Antoñuelo?

-Eso creemos, que es el domingo cuando viene.

-Pos bien: yo tos los días, como tú sabes, me arrimo a la reja a las ocho en punto de la noche. Pos bien: yo ese día voy a las ocho y media o las nueve, y si veo que Antonio está de palique, pos no me arrimo a la ventana más en to lo que me resta de vía.

-Eso es -exclamó sin poder ocultar su cólera Joseíto-, y se arrima el Antoñuelo y se encuentra la ventana cerrá, y aluego te ve a ti en ella y... Vamos, hombre, que no puée ser eso, que yo no pueo premitirte que te arrimes más a la reja, Y -continuó Joseíto, cada vez con voz más vibrante y amenazadora- si el sábado te veo yo en la reja...

-Si el sábado me ves allí, ¿qué? -le preguntó el de Écija palideciendo ligeramente.

Joseíto vaciló un punto, pero pensó en el Cartagenero como para cobrar bríos, y

-Si te veo allí -dijo precipitadamente, como si le corriera prisa decirlo-, si te veo allí, ya sabes tú que lo he jurao al señor Juan, que a ti y al arcángel San Gabriel lo quito yo de la ventana.

Cayetano se puso fría y serenamente de pie, y

-Esta noche -le repuso- le preguntaré yo a Paca si quiere ser mi mujer o ser la mujer de Antoñico el Cartagenero, y si es que me dice que quiere ser la mía, entonces te aconsejo que no intentes cumplir tu juramento.

Y dicho esto señaló la puerta a Joseíto, el cual salió de la habitación pensando en lo malita que había sido la hora en que pensara hacer que su primo aventase del distrito de Antonio el Cartagenero a Antoñico el Pantalones.



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X[editar]

-¿A qué hora viene Cayetano? -preguntó Dolores la Pinturera a Paca, que le contestó con acento distraído:

-A las ocho en punto viée toitas las noches, pero sin que falte una.

-Pero ¿me quieres tú decir a mi qué es lo que a ti te pasa pa estar tan triste, chiquilla?

-¡Pero si yo no estoy triste, Dolores, si ésas no son más que figuraciones tuyas!

-¡A mi me dejas tú de figuraciones! ¡Si te conoceré yo a ti! Si sabré yo que tú estás que no vives porque Cayetano se te ha metío en el corazón y se te abren las carnes de pensar que mañana llega Antonio el Cartagenero.

Inclinó la cabeza Paca, y después, cogiendo las manos a su amiga y acercando su rostro al de aquélla,

-Pos bien, sí -le dijo con voz suave como un susurro-; es verdá que ese hombre se me ha metío en el corazón.

-Me lo temía -murmuró Lola-, me lo temía y tenía que pasar; ese hombre vale cien veces más que el otro. Pero lo malo es que el Cardenales dice que él no puée premitir que al volver su amigo se encuentre con otro hombre en la ventana y que cuando vuelva ha de encontrarte en esta reja más solita que la una.

-¿Y cómo evito yo que Cayetano tenga un enganche con Joseíto, si Joseíto le provoca? -exclamó con voz angustiada la Miraflores.

-Y qué sé yo, hija. ¿Tú le has dicho alguna vez si le quieres o no le quieres a Cayetano?

-Yo no sé -balbució la Miraflores, inclinando la cabeza-. Los primeros días hacíamos como que hablábamos de broma, pero aluego..., aluego yo no sé, pero él parece que está loco, ¡pero que loco perdío!

-¿Y tú...? -le preguntó, mirándola fijamente a los ojos, Dolores.

-Yo... -dijo Paca con voz trémula.

Y tras algunos instantes de silencio inclinó la cabeza bruscamente sobre el pecho de su amiga, y con voz en que apuntaba levísimamente el sollozo, continuó:

-Pos bien, sí, Dolores: yo también estoy loca por él, ¡pero que loca perdía!

-No, si no me sorprende. ¿No te digo que me lo sospechaba? -dijo Lola-. Pero no te pongas asín y vamos a pensar cómo se va a salir de este atolladero en que nos hemos metío.

-Yo estoy jechita un mar de confusiones. Yo no sé... A mí no se me ocurre naíta: yo no pienso sino en lo que aquí va a pasar en cuantito venga Antonio.

-¿Y por qué no le dices a Cayetano que deje de arrimarse a la ventana siquiera por unos días?

-Porque no querrá fijamente hacer lo que yo le diga.

-Pos yo tú lo que hacía -exclamó Lola, encogiéndose de hombros -era decírselo, y si él no lo quiere hacer..., si no lo quiere hacer..., pos que truene lo que truena y que sea lo que Dios quiera.



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XI[editar]

Paca se sentó, meditabunda, en el poyo de la ventana, y minutos después decíale Cayetano con acento apasionado:

-Qué ganitas que tengo yo de poder ver yo esos ojitos a toas las horas del día.

Paca sonrió dominando sus inquietudes y

-Vamos, hombre, que no serán tantísimas esas ganas que usté dice -le repuso.

-Pero ¿es que usté se cree que yo necesito estar aquí pa estar viéndola a usté a toitas las horas del día? Yo pa verla a usted eon tengo más que cerrar los ojos; como que la tengo a usté clavá en mitá der corazón, y tan clavaita la tengo a usté, que hoy cuando me dijeron que era preciso que fuera desenclavándola a usté, por poquito si la entrego de la pena.

-¿Y quién ha sío el que le ha dicho a usté que me desenclave?

-¿Quién había de ser sino Joseíto?

-¿Y usté qué fue lo que le contestó a Joseíto?

-¿Yo? Yo le contesté que pedirme a mi eso era como pedirme una estrella, y que a mí no me apartaba de esta ventana más que la voluntad de usté.

-Y si yo le dijera a usté que me desenclavara, ¿usté me desenclavaría?

Eso no puée jacerlo más que Dios -dijo con voz entristecida Cayetano-. Lo más que yo podría hacer sería dirme de aquí con usté clavaíta pa siempre en mitad del alma y en mitad del pensamiento.

-Pero vamos a ver, Cayetano. Usté cuando se arrimó por primera vez a mi ventana...

-No me diga usté naíti -exclamó el de Écija interrumpiéndola bruscamente-. Yo me arrimé aquí por servir a Joseíto, pero desde punto y hora en que pasé por primera vez por esta reja y la vi a usté, sentí como si de pronto se me metieran dentro del alma to un río de sol y to el azul que había en el cielo, y cuando al día siguiente hablé con usté en el huerto del Soniche, cuando la sentí a usté hablar, tanta música me metió usté en los oídos, tantos hechizos me llevé después de mirarla a usté de cerca, como retrataos en las niñas de mis ojos, que comprendí que ya pa mí no había naíta en el mundo sin usté, y que usté era pa mi el sol que me alumbraba, y el aire que respiro y el agua que bebo. Y como comprendí esto, pos dejé que se fuera el valor, y como sé esto, yo le digo a usté ahora, porque ha llegao el momento de decirlo, que yo necesito saber si son verdá u no son verdá las ilusiones que yo me he hecho, o si toíta esa buena voluntá que yo me he creído que usté me tiene no es más que una ilusión mía. Eso es lo que necesito yo saber: la verdá, manque la verdá me mate.

Paca estaba trémula, la voz dulce, querellosa y ardiente de Cayetano había hecho subir la sangre a sus mejillas; y relampaguearle los azules ojos, en cuya cristalina profundidad tremolaba el amor triunfante sus victoriosas banderas.

No obstante esto, se acordó Paca del conflicto que se avecinaba. Se acordó de las amenazas del Cardenales, de la ira loca que se apoderaría seguramente de Antonio a su llegada, pareciole ver al de Écija inerme a la tremenda acometida del Cartagenero o del Cardenales delante de su reja y, dominando su profunda emoción, exclamó con acento trémulo:

-Pero, entonces, ¿es que usté ha tomao por lo serio nuestros quereles, Cayetano?

A éste se le demudó el rostro de modo intensísimo, temblaron sus labios, sus ojos se posaron con angustiosa expresión en los de Paca, y

-Pero ¿es que esto no ha sío pa usté más que una broma? -le preguntó con voz tan angustiada, tan triste, tan llena de amargura y de llanto, que Paca se olvidó de todo: de Antonio, de Joseíto, del riesgo que amenazaba al de Écija; no pensó más que en lo que éste sufría en aquellos instantes, en que ella era la causa de su dolor, en que le estaba viendo parpadear con nervioso ahínco para cerrar el paso a las lágrimas, y al sentir cómo su ser todo respondía a aquel dolor con un dolor igual, exclamó con acento apasionado, con acento vehemente, con acento que no tenía nada que envidiar al más dulce de los arrullos:

-No, Cayetano, pa mí no ha sío nunca una broma. Usté no se engañó al pensar como ha pensao, ¡que yo también le quería!

Y el de Écija, no encontrando palabras con que expresar el gozo que inundara de pronto su alma toda, enmudeció, pero Paca pudo sentir cómo se le estremecían todas las fibras de su pecho al ver cómo una lágrima, una sola, oscilaba un punto entre las encorvadas pestañas del rival ya victorioso de Antonio el Cartaganero.



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XII[editar]

-¡Cámara, señores, y qué cosas más requetegraciosas que se pintan en este barrio! ¿Se han enterao ustés de lo que ha pasao entre Antonio el Cartagenero y Pepico el Cardenales?

Y esto lo preguntó el señor Frasquito el Silguero, dirigiéndose a varios de los que jugaban al tute la convidada alrededor de una de las mesas del hondilón del Tulipa.

-¿Y qué ha sío lo que les ha pasao a esos dos tórtolos? -le preguntó Currito el de los Belones sin apartar la vista de los naipes, que formaban entre sus dedos un a modo de abanico.

-Pos ha pasao una cosa la mar de graciosa: ustedes sabrán que el Cardenales, pa espantar a aquel de Ronda que se había emperrao en saber cómo está de trapillo y acabaíta de alevantar la Paca, jizo que su pariente Cayetano le metiera los cimbeles, diciendo a los cuatro vientos que su primo tenía más billetes de Banco que el verano golondrinas.

-Eso está ya jechito mojama de puro sabio -exclamó con acento desdeñoso Tobalo el Talabartero.

-Y saben ustés también -continuó impasible el señor Frasquito- que el Cardenales, al ver que se había colao tamién de chipé con su primo, cogió a su primo anoche cuando su primo acababa de asepararse de la reja de la Paca y, que quiso u que no, hizo que se fuera con él a los tejares del Farándula, y sí no es por Manolico el Tato, que pasaba por allí por casolidá, se jura anoche la Constitución en los Tejares.

-Toma, eso está también amojamao -murmuró con tono de zumba el de los Belones.

-Y saben ustés -continuó el Silguero siempre impasible- que endispués cuasi lloraba el Joseíto de pensar en lo que había hecho, porque según parece el Cayetano no quería pelear con él ni manque le dieran un vitalicio, y cuando el otro le estaba insultando lo que hizo fue sacarse del bolsillo la cachicuerno y tirarla en una de las lagunas.

El orador, tras decir esto, arrojó una mirada interrogadora sobre los jugadores, y al ver que éstos parecían prestar alguna más atención a sus palabras continuó:

-Y saben ustés que Cayetano esta mañana, porque el Cachimba, que ya saben ustés lo comprometeor y lo bruto que lo jizo la Divina Voluntá, se premitió decir, estando él delante, que pa él era como cuasi la mitá de un pingo to el hombre que cuando llegaba el momento de pelear tiraba la jerramienta, el Cayetano se fue pa él y le dijo que como él había tirao la noche anterior la suya, tenía la mar de ganitas de que él le diese la que tuviera metía en la faltriquera.

-¿Y qué le contestó el Cachimba al Cayetano? -le preguntó el Tulipa, al que lo interesante del relato le había hecho abandonar el mostrador y aproximarse al señor Frasquito.

-Pos lo que dijo fue -continuó éste- que le soltó una coz, y el Cayetano, al ver al otro tirarle una coz, se fue pa él y le metió un crujío en el perfil que lo puso en cuclilla, y en menos que se dice me lo cacheó mejor que un pincho a un matutero, y le quitó un Hontoría y una de Albacete que cogía como desde aquí a Tarifa, y le dijo que si quería que se los devolviera que no tenía más que dir a peírselos al sitio que más fuera de su gusto. El Cachimba se pensó, sin duda, que diba el otro a jacer con él lo que con su primo, que lo jizo, seguramente no sólo por tratarse de uno de la familia, sino también porque yo sé de mu güena tinta que el Cayetano le debe más de un favor a su primo el Cardenales. Pos no está mu arrepentío ya el Joseíto de lo que ha jecho con su primo Cayetano.

-¿Y to eso era lo que nos tenía usté que contar? -preguntó socarronamente al Silguero Periquito el Butibamba.

-No, señó -repúsole aquél-; que aún me quea algo que decir y que, por cierto, es cosa que sus va a dejar sin cantar, manque las tengáis, las cuarenta. ¿A que no saben ustés a quién ha sío al que le ha dao un guantazo que ha sonao como un barreno Joseíto el Cardenales?

-¿A quién? -preguntaron casi simultáneamente varios de los jugadores.

El señor Frasquito sonrió satisfecho al ver despertar, por fin, la curiosidad en sus oyentes, y repitió al par que fijaba en ellos una mirada de triunfo:

-¿A que no saben ustés a quién ha sío, vamos a ver; a que no lo aciertan ustés?

-Me parece a mi que como usté no mos lo diga...

-Pos bien -dijo aquél con acento enfático-: Joseíto el Cardenales le acaba de soltar un guantazo que vale lo menos por diez mil a Antonio el Cartagenero.

-¡Eso no puée ser, hombre! -exclamó con expresión incrédula el Butibamba.

-Ya lo creo que no puée ser -repitió el de los Belones.

-¡Pos vaya si puée ser! -dijo imitando la voz de éste el señor Frasquito-. Y tan puée ser que acabo yo de hablar con el Cardenales, y como yo ya tenía noticia de la cosa, pos le tiré los chambeles, y lo que me dijo Joseíto fue que lo que sentía era que no le hubiera dao tiempo pa meterle el segundo, y el tercero, y con más razón que nadie..., porque es que él me dijo, que me dijo: «Mie usté, señó Frasquito, hay cosas que a cualisquiera le jacen pólvora la sangre: ya sabe usté de más las faenitas que yo me he cargao por el Antonio porque ni el relente le diera en la cara a la Miraflores; ya sabe usté el enganche que por mo de él, por defensar lo suyo, he tenío yo con mi primo Cayetano, que era pa mí como si fuera mi ojito derecho, y con el cual ya he arrematao pa siempre por mo suyo.»

-Sí, hombre, que sé to eso -le dije yo a Joseíto.

-Pos bueno -me dijo él-; usté también sabe que yo fui a esperarlo al vapor; pos bien: me fui a esperarlo al vapor, y en cuantito saltó en tierra, yo, como es natural, quise ir preparándolo poquito a poco pa que le doliera menos la cosa, y mu poquito a poco le fui diciendo lo que pasaba, jasta que por fin le arrimó la mecha a la niña.

-¿Y él qué dijo a eso? ¿Le faltó al respeto, quizá? -le pregunté yo, y

-¡Calle usté, hombre! -me dijo el Cardenales cuasi rechinando los dientes de rabia-. Eso es lo que esperaba yo: un estallido, que me faltara al respeto; pero en lugar de dar el estallío y de faltarme al respeto, pos se me quedó mirando el gachó y me dice:

-¿Y por eso te apuras tú? Vamos, hombre, no te apures tú por eso, que de eso sabía yo ya algo y eso se me importa a mí una haba. ¿No ves tú que me he dejao yo en Cáiz una gachí que me tiée a mí hipotecao el corazón y tos sus alrededores?

-Y es natural -continuó el Silguero. El Joseíto, al escucharle asín y al pensar que él se había dao tantísimos malos ratos, y que había tenío un enganche tan guasón con su pariente por mo del Antonio, y al ver que el Antonio se le echaba a reír, pos al hombre le entró el vértigo, y lo natural, y lo que hubiéramos hecho tos los que nos semos mancos: al verle reírse, alevantó la mano, y na, que, según dicen, el Antonio tiée un carrillo que parece una ponchera.

Y mientras el señor Frasquito pedía como justa compensación a las noticias que acababa de dar, una del de Jubrique a cargo de los jugadores, penetrando Joseíto el Cardenales en la calle del Refino con paso firme y resuelta actitud, se dirigió rápido y resuelto a la reja donde el de Écija hablaba con la Miraflores, que al verle llegar se puso densamente pálida, y encarándose con ella, mientras su primo le contemplaba demudado el rostro y centelleante la mirada, le dijo con acento emocionado:

-Oye tú, Paca: por los ojitos tuyos me vas a jacer el favor de decirle al hombre que tú más quieres que perdone una mala partiíta que le ha jugao un primo suyo que se llama Joseíto Utrera y Utrera, y al que le dicen por mal nombre Joseíto el Cardenales.

Y mientras Paca, ebria de gozo, desempeñaba el encargo de Joseíto, llegó hasta la reja el dulce trinar de una guitarra bien tañida y una voz de simpático timbre sonoro que cantaba:


Mata una pena otra pena

y mata un día otro día,
y otro querer ha matao

el que yo a ti te tenía.



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