La Regenta:XII

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La Regenta - Capítulo XII



Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más sacrificios pecuniarios en tiempo oportuno. Era político porque se le había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá en la otra guerra, los cristinos habían ahorcado de un árbol a su padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para los suyos y para muchos de fuera.

Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique; todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.

El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.

El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona, que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería los pies de buen grado.

-Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.

-Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?

-Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita no está de cuidado?

-Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?

-Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.

El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único mueble nuevo era un piano de cola de Erard.

Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.

El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él todo era flato; ahora todo era cuestión de nervios. Curaba con buenas palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una persona querida».

Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.

-«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que lo hemos de ver..., etc.».

Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante, pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de policía.

«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».

Y no se le había de replicar.

Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.

Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.

De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre majaderos y hombres de talento.

-¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno... Llega usted a tiempo, amigo mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio, se desespera... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza, porque es una persona ilustrada.

-¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?

-Sí, señor; de aquella pocilga vengo.

-¿Cómo está Rosita?

-¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.

Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:

-¡Aquello es el acabose!

El Magistral sintió un escalofrío.

-¿Usted cree?

-Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña sigue respirando en aquel medio... no hay salvación, pero si se la saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja... Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es una letrina; sí señor, una cloaca.

-Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.

-Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.

-Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor de lo que es.

-¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen de lesa humanidad... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro... y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y clero; si todos fueran como usted... ¿A que mi señor don Fermín no aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de Panurgo?

El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le faltaba tiempo.

Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».

-Yo sospecho -continuó el doctor- que mi pobre Carraspique está supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese Torquemada pour rire, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?

-No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta desgracia como usted dice.

-¡Van ya dos niñas al hoyo!

-¿Cómo al hoyo?

-O al convento, llámelo usted hache.

-Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo opinar en este punto...

-Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la ciencia. La higiene pública prescribe...

El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.

-¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.

-No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen...

-¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted, que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más que uno de los términos en que ha de consistir?

Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.

-Si a mí no se me engaña -continuó-; si yo conozco bien esta comedia. ¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de su existencia? Verá usted el sistema.

Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:

-Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón, según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo... por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería; nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta: correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se enamora de cualquiera de las niñas... ¡Vade retro! Se le despide con cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas; maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas... Eso sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la baba también ¡mísero Carraspique! y tutti contenti. El Arcediano no es el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor, cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con chistes de cura por todo encanto, resuelven libremente meterse monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas de Carraspique.

El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo, dijo:

-No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a cien leguas de toda gazmoñería.

-¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia. El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan. Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para tapar la boca a los profanos.

El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro. «¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia? ¿Sabía Somoza que era él y nadie más el cura oculto, el jefe espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También los tontos tenían el arte de disimular?».

Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.

Somoza volvió a describir la falta de condiciones higiénicas del convento.

-Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?

-Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su naturaleza era fuerte; en su constitución no hay vicio alguno; pero no le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste; ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en un... inodoro.

Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él quería, sino lo contrario, añadió:

-En un inodoro... que es la antítesis -así dijo- de un inodoro.

-En fin, señores -prosiguió- ustedes defienden el absurdo y ahí no llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.

Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al Magistral y salió murmurando:

-A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era una columna... de este orden; no era un estercolero.

Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las palabras de su primo que había oído desde lejos:

-Es un loco, hay que dejarle.

-Pero nos quiere mucho -advirtió Carraspique.

-Pero es un loco... haciéndole favor.

El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol; allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».

Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse... ¡Se dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor Teresa...».

-¡Sí, don Fermín, por Dios! -exclamó doña Lucía, juntando las manos- segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si usted le lleva el consuelo de su palabra.

No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.

Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo. La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía a desahuciarlo. «Era un impío».

-¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted! -se atrevió a decir Carraspique.

-Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.

Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó antes que asomara.

La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal hombre, a aquel santo, pensaría mejor».

Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.

-¿Un impío Ronzal? -preguntó asustado Carraspique.

-Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa. Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad suficiente... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?

-¡Antes muerta!

-Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una Carraspique.

Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia, les llegaba al alma a los amos de la casa.

Ronzal fue desahuciado.

El Magistral habló todavía de otros asuntos. Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa; limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros pudieran!».

Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel santo suponiéndole cargado de oro!».

Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.

«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».

-En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno, suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso y a mucho más.

Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.

Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas. La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura entre las flores...

Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no salvarse, a pesar de tantos disgustos.

Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.

Salió el Magistral.

Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa escalera.

-«¡No hay remedio, no hay remedio! -dijo entre dientes- no he de empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».

Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte, picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia... Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.

«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía de ser».

«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar algo con ira...». Se dirigió a Palacio.

Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica, coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal, renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.

El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.

-¿Dónde estará, don Anacleto?

-Creo que tiene visitas -respondió el paje-. Unas señoras...

-¿Qué señoras?

Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y sonrió.

Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.

Después de cruzar salas y pasadizos llegó al salón claro, como se llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría. Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también, de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano. Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él, colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.

El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo, jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.

-«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban en el coro y era una delicia oírlos».

Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se podía admirar y amar una obra de Dios.

Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo -pero este era su secreto- no estaba a la altura de su cargo».

-«No basta ser bueno -decía- para gobernar una diócesis. Ni los poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».

Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido contar para nada con el Obispo!

¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis. Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía voluntad.

Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo, ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.

¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga, de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.

Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña, jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había mordido al niño.

-¡Sálvamelo, sálvamelo! -gritaba la madre, de rodillas, cerrando el paso al borrico.

-¡Si yo no sé! ¡si yo no sé! -gritaba el Obispo desesperado, temiendo por la vida del angelillo.

-¡Sí, sí, tú que eres santo! -replicaba la madre con alaridos.

-¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...

-¡Un milagro! ¡un milagro!... -repetía la madre.

La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.

Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a la Mujer sine labe concepta. De memoria hubiera podido repetir cuanto han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto, del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo romántico -que irritaba al Arcipreste- y en estilo familiar con frases de cariño paternal, filial y fraternal.

Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después se regalaban, titulados así: El Rosal de María (en verso) -Flores de María -La devoción de la Inmaculada -El Romancero de Nuestra Señora -La Virgen y el dogma.

Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del mundo, al menos las que él había padecido.

En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I. muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes, aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.

-Pero, señor -gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el cargo de doña Paula-; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda, y será mejor.

-¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su oficio, parecerían estos una gloria.

El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un mitrado, le reprendía con acritud.

-Esto es absurdo -decía De Pas-. ¿Quiere usted ser el Obispo de Los miserables, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas, llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?

-No es eso, hijo mío, no es eso -respondía el Obispo sofocado, con ganas de meterse debajo de tierra.

Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé. ¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si eso es una bendición de Dios; si así debe ser... ¿Pero sabes tú quién es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la piel... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen; ¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?

Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión. Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.

Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a cansarse. Decían que el Obispo se prodigaba demasiado. «El Magistral no se prodigaba».

-Estudia más los sermones -decían unos.

-Es más profundo, aunque menos ardiente.

-Y más elegante en el decir.

-Y tiene mejor figura en el púlpito.

-El Magistral es un artista, el otro un apóstol.

Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de mera retórica aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».

-«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un satánico non serviam librepensador».

En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en los sermones de la Audiencia. Todos los viernes de Cuaresma la Real Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.

-«Pues bien -decía Glocester- allí no se habla por hablar, ni lo primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo había hablado a los señores del margen, a la Audiencia Territorial ni más ni menos mal que al común de los fieles».

El actual regente -que no era Quintanar- había dicho, en confianza, a un oidor que el sermón no tenía miga. El oidor había corrido la noticia, y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.

Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días antes.

-«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso, leer entre líneas».

La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me alegro; ahora veréis lo que es bueno».

El regente -que no era Quintanar- con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador, preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo. Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la experiencia de estrados.

Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo, esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.

Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato. Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que procuraba excitar Glocester.

Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la idolatría.

-«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla». «¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!» repetía encarándose con el perro de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El perro no se reía.

Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que adoraban tales inmundicias?».

Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y decía:

-«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios, adoradores de Isis y Busilis; una gata y un perro según creo».

El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo, arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los sermones del prelado, que no se preparase y que se prodigara tanto.

Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de Glocester:

-«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el Magistral».

Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria prevaleciese.

Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.

Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos, lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía, todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban; ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies... Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de Jesús... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro, el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar; temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable, como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo, aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí, y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.

A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros, mitad eruptos12 de la vigilia.

Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo». El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba para sus adentros. «¡Pero eso es un cómico!» pensaba; y pensaba repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero eso es un cómico!».

El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor. Cada vez que necesitaba repetir lo de: «Y el verbo se hizo carne» en lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de un altar: Et Verbum caro factum est.

En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los Caracteres de La Bruyère; de los libros de Balmes sólo admiraba El Criterio y -¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!- en las novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su experiencia con la ajena.

¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos! ¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de remordimientos! Estos liberales -añadía para sí- ni siquiera saben tener mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de teatro se parecen a los reyes».

Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en cuando, para conservar su fama de sabio entre las personas ilustradas de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos desgraciados están locos!».

No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola; nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.

«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral, alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».

El empeño constante del Magistral en la cátedra era demostrar «matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón... Ella basta para probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no explica los misterios, es verdad: pero explica que no se expliquen».- «Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su a+b teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor, con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca... Pero ¡ay! esto era perderse. Su público no entendía aquello... y De Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de allí con jaqueca y diciendo:

«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días deben de ser de cuarenta y ocho horas!».

Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus sermones de costumbres y él también prefería agradar a las señoras.

Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de la sana razón, en los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito. «El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es entenderla». Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante aquellas fórmulas de la salvación.

«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en América, ahora en el país natal, sin moverse de casa, podían ganar fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era mecánico, también lo demostraba por a+b. Pintaba a veces, con rasgos dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que lo peor era para él.

Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria... y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.

Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en sus adentros era este:

«¡Guarda Pablo!».

«¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle hablar del adulterio. Las más de estas eran mujeres honradas que no habían sido adúlteras, que no habían hecho más que tontear, como todas. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en el confesonario.

También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al Obispo.

Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el bello sexo de todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.

Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por rigorosa antigüedad, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o criadas. «Era demasiado hacer el apóstol». Se le dejó.

Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros, albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».

En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:

-Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de la zapatilla?

Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el Boulevard, entre luz y luz.

Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la corrupción creciente de Vetusta.

Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.

El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.

Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano, el segundo millonario de la Colonia.

El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.

«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era nuevo».

Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la virtud, organizado por cierto circulo filantrópico. El círculo se llamaba La Libre Hermandad, nombre feo, poco español y con olor nada santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra agregada de damas protectrices (gramática del Presidente del círculo.)

La Libre Hermandad se había fundado con ciertos aires de institución independiente de todo yugo religioso, y su primer presidente fue el señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que no comulgaba jamás.

Era el círculo algo como una oposición a Las Hermanitas de los Pobres, a la Santa Obra del Catecismo, a las Escuelas Dominicales, etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de La Libre Hermandad.

Las niñas de las Escuelas Dominicales y los chiquillos del Catecismo, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el


Santo Dios, Santo Fuerte,
Santo Inmortal,

y lo de


 Venid y vamos todos   
con flores a María,   



inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:


 Los niños pobres no quieren   
ir a la Libre Hermandad,   
los niños pobres prefieren   
la Cristiana Caridad.   



La cristiana caridad y la perfección de la rima revelaban el estilo de don Custodio el beneficiado, que era -a tanto había llegado- director de las Escuelas Dominicales de niñas pobres.

La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas protectrices ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.

Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a todo. Actualmente era la tesorera de las protectrices.

Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le ponía el cascabel al gato? -Visitación, la del Banco». ¿Quién más a propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su visita le acompañase otra dama de viso. Ninguna quiso ir, no se atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.

-«Sí -decía en la junta Visitación- que venga Olvido; así no creerá el Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede ver...».

Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo, Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».

-«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba la correveidile de Glocester».

Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota, agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes, y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca del estómago».

-Pero, señoras mías -dijo De Pas- hablemos con formalidad un momento.

-¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga S. I.?

-Creo, que...

-¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada... Vamos, Olvido... no oigo... no oigo...

Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de protectrices.

Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de Páez.

El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un ateo, era enemiga de la Iglesia...».

-No hay tal -gritó desde la puerta Visita-; si así fuera, no figuraríamos nosotras como damas agregadas.

-Yo lo soy -advirtió la de Páez- por empeño de esta que convenció a papá.

-Pero, señores, si La Libre Hermandad ha cantado ya la palinodia; si desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda esa jarana...

-Tiene razón -se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el aturdimiento postizo de la del Banco-; tiene razón esa loquilla...

-¡No tiene tal! -gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo menos-. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.

Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó, envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.

Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados, se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar explicaciones.

El Magistral no pensó en buscarle.

La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:

-Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.

-Pero si me votaron...

-Si usted no fuera de esa junta...

-Papá espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted por convidado.

-Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?

-Lo que digo es que papá...

-Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo...

Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró, dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno eclesiástico.

Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad, recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era poco edificante... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca. Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles, qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo! «¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».

-¿Qué hay? -gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los escarabajos que tenía enfrente.

Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.

Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las garras de la disciplina. Había habido un soplo, cosa de envidiosos, y el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado, que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen partidario de la causa óptima.

-¿Qué hay? -repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.

-396- Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego, boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez. Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba, pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.

El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes sonrió como un oso que supiera hacerlo.

El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes que tendría aquel salvaje... Hubo un momento de silencio. No se había hablado palabra del negocio y hasta el mismo Peláez comprendió que había que abordar la cuestión espinosa.

Don Fermín, recordando de repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y encarándose con el párroco -que también se levantó como si fueran a atacarle- dijo con voz áspera:

-Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si usted sabrá que la Constitución Universi Domini de 1622, dada por la santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar ad turpia a las penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y entregado al brazo secular.

El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.

-Benedicto XIV -continuó el Magistral- confirmó respecto de los solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin, por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido...

-Yo creía...

-¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «Expositio juris Pontificii que en el tomo II, parte 1.ª, trata la cuestión con gran copia de datos...».

El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.

-Señor -se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo mucha parte del miedo-; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco resbalan pero no caen.

El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la espalda.

-¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en Vetusta!...-gritó.

-Pero, señor...

-¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted en la cárcel de la corona...

Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.

-¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas! -gritó Contracayes, no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había previsto aquel choque de dos malos genios.

-Pero, señores, calma...

-¡Fuera de aquí, so tunante! -gritó el Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su costumbre...-. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo...

-¿Pero yo qué he dicho, señor? -exclamó el párroco, que se asustó un poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad moral de un Júpiter eclesiástico.

En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:

-Salga usted -dijo señalando a la puerta-, salga usted... libre por ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable, yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él le comunicará lo que resolvamos.

El clérigo quiso humillarse, pedir perdón...

-Salga usted inmediatamente.

Salió.

Peláez temblando y lívido se atrevió a decir:

-¡Cuánto siento!... señor Magistral...

-No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso. Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira...

-¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje...

-Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.

-Lo que yo no perdono es el disgusto...

-Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores de la ley que está terminante.

-Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica...

-Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En fin, ya digo que hablaremos... Necesito estar solo...

Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...

«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como una fiera en su jaula.

Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto, tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del Magistral que hacía allí veces de secretario.

-¿Qué habéis oído?

-Voces; nada.

-El cura de Contracayes, que es un salvaje...

-Sí, ya sé...

-¿Qué hay?

-Nada urgente.

-¿De modo que puedo irme? No me necesitáis...

-No; hoy no.

-Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy para nada... Pero no se lo digas a mi madre... Si sabe que dejé el despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo...

-Sí, sí, eso sí.

-¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?

-Sí.

-¿Está corriente, puedo llevármela ahora?

-Ahí la tienes, en ese cartapacio.

-¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...

-Todo va en regla.

-Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A qué vino?

-A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha hecho decir don Saturno...

-Y que no le quiere pagar.

-Es su costumbre. Está empeñado con todo el clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus ingleses.

-El cura de Tamaza es un vocinglero...

-Pero pide lo que le deben...

-Pero no se puede hacer nada... ¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?

-Eso no. Lo pagaríamos en el Lábaro que él inspira y que ahora te trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «La Caridad» de Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella andaba la mano de Glocester.

-¿Qué decía?

-Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores jerárquicos hacían la vista gorda.

-De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?

-Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los Papas...

-Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV. ¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho; esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos! ¡bestias, nada más que bestias!

El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel ambiente de necedad...

Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta...

-¿Se puede?

«¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.

Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de Preces; y algunos asuntos de capellanías... Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos; era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.

Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían, contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de hipocresía impasible y cruel.

Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él, pero el jefe se contentó con poner una mano delante de la cara como rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño eterno, cubiertos de polvo».

El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.

-¡Estos liberales! -murmuraba cerca del Magistral.

-¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con distintos collares...

-El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada...

Dos curas se acercaron humildemente al Magistral... Eran de la aldea; también ellos querían saber si los expedientes de mansos...

-Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes -dijo el Provisor en voz alta, para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más- en las oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se resolverán nunca los expedientes dichosos...

De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina, muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos, puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato, congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas, derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica. Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas; el Magistral era su instrumento inteligente.

Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con la codicia la sed de ambiciones fallidas?».

«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».

-«¡Hora y media en la oficina! -se dijo al salir del palacio, entre avergonzado y contento-; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte minutos!».

Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.

Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín, azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas, medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier cosa?».

Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo? ¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire fresco -el viento había cambiado del mediodía al noroeste- le llenaba los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás Vespucios de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de los pájaros.

El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los Normandos.

El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la «elegancia sólida consistía en fabricar muros muy espesos, en desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos ciclopios», según su incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: 1868, que no indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al Vespucio de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud, corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la Corte.

Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único libro religioso que trajo de América fue el Evangelio del pueblo del señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase! sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser el más ferviente partidario de la religión de sus mayores. «Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro inofensivo.

Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral, en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.

Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:

-«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes le pareciera excelente.

El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban allí buen tono.

Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos; no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas; renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje. No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran proporción» en quien no había que pensar.

«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada. Cuando un incauto13 forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba «el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la cabeza.

A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos, como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.

Aquella mañana se le recibió en el hotel-Páez como siempre, bajo palio, según la frase de don Francisco.

Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que era aquel... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo... o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».

Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.

-¡Los tres solos! -decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.

El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo: no con el gesto... con cierta coquetería epicena.

-¡Anda, papá! sujétale -decía Olvido con voz suplicante, arrastrando las sílabas que parecían salir de la nariz.

-Imposible.

-Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa para don Anselmo.

-Agradézcaselo usted a Su Santidad.

-Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia...

El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.

-Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón -gritó Olvido, otra vez restituida a su natural frigorífico.

El Magistral se puso un poco encarnado.

Tuvo que mentir.

-Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son estos pueblos... qué dirían...

No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su madre como todos los días.

Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial, que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con gaudeamus, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque a ella la miran como una de la familia».

«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de los marqueses?».

Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata, el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana, que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz temblorosa:

-¿Está el señorito?

En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:

-¡Pues no señor! no son azules...

-Sí, señora, azules con listas blancas -respondía Paco, batiendo palmas.

-¿A que no? ¿a que no?

-Tonta, tonta -decía otra voz más suave desde una ventana del primer piso- no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no vi nada...

Esta voz era la de Ana Ozores.

Al Magistral le zumbaron los oídos... y entró en el patio.




La Regenta de Leopoldo Alas ("Clarín")

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