La araucana primera parte: 026

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

CANTO II
Pág. 026 de 239
La araucana primera parte



Así creció el furor, que derribando
las mesas, de manjares ocupadas,
aguijan a las armas, desgajando
las armas al depósito obligadas;
y dellas se aperciben, no cesando
palabras peligrosas y pesadas,
que atizaban la cólera encendida
con el calor del vino y la comida.

El audaz Tucapel claro decía
que el cargo del mandar le pertenece;
pues todo el universo conocía
que si va por valor, que lo merece:
«Ninguno se me iguala en valentía;
de mostrarlo estoy presto si se ofrece
-añade el jatancioso- a quien quisiere;
y a aquel que esta razón contradijere...».

Sin dejarle acabar dijo Elicura:
«A mí es dado el gobierno desta danza,
y el simple que intentare otra locura
ha de probar el hierro de mi lanza».
Ongolmo, que el primero ser procura,
dice: «Yo no he perdido la esperanza
en tanto que este brazo sustentare,
y con él la ferrada gobernare».

De cólera Lincoya y rabia insano
responde: «Tratar deso es devaneo,
que ser señor del mundo es en mi mano,
si en ella libre este bastón poseo».
«Ninguno, dice Angol, será tan vano
que ponga en igualárseme el deseo,
pues es más el temor que pasaría,
que la gloria que el hecho le daría».

Cayocupil, furioso y arrogante
la maza esgrime, haciéndose a lo largo,
diciendo: «Yo veré quién es bastante
a dar de lo que ha dicho más descargo;
haceos los pretensores adelante,
veremos de cuál dellos es el cargo;
que de probar aquí luego me ofrezco,
que más que todos juntos lo merezco».



<<<
>>>