La araucana primera parte: 033

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CANTO II
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La araucana primera parte



El carro de Faetón sale corriendo
del mar por el camino acostumbrado;
sus sombras van los montes recogiendo
de la vista del sol, y el esforzado
varón, el grave peso sosteniendo,
acá y, allá se mueve no cansado,
aunque otra vez la negra sombra espesa
tornaba a parecer corriendo a priesa.

La luna su salida provechosa
por un espacio largo dilataba;
al fin, turbia, encendida y perezosa,
de rostro y luz escasa se mostraba.
Paróse al medio curso más hermosa
a ver la estraña prueba en qué paraba,
y viéndola en el punto y ser primero
se derribó en el ártico hemisfero,

y el bárbaro, en el hombro la gran viga,
sin muestra de mudanza y pesadumbre,
venciendo con esfuerzo la fatiga
y creciendo la fuerza por costumbre.
Apolo en seguimiento de su amiga
tendido había los rayos de su lumbre
y el hijo de Leocán, en el semblante
más firme que al principio y más constante.

Era salido el sol, cuando el inorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio en lanzándole disforme,
mostrando que aún más ánimo tenía;
el circunstante pueblo en voz conforme
pronunció la sentencia y le decía:
«Sobre tan firmes hombros descargamos
el peso y grande carga que tomamos».

El nuevo juego y pleito difinido,
con las más cerimonias que supieron
por sumo capitán fue recibido
y a su gobernación se sometieron.
Creció en reputación, fue tan temido
y en opinión tan grande le tuvieron,
que ausentes muchas leguas dél temblaban
y casi como a rey le respetaban.



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