La araucana primera parte: 044

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CANTO III
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La araucana primera parte



En esto a caso llega un indio amigo,
y a sus pies, en voz alta, arrodillado,
le dice: «¡Oh capitán!, mira que digo
que no pases el término vedado;
veinte mil conjurados, yo testigo,
en Tucapel te esperan, protestado
de pasar sin temor la muerte honrosa,
antes que vivir vida vergonzosa».

Alguna turbación dio de repente
lo que el amigo bárbaro propuso;
discurre un miedo helado por la gente,
la triste muerte en medio se les puso;
pero el Gobernador osadamente,
que también hasta allí estaba confuso,
les dice: «Caballeros, ¿qué dudamos?,
¿sin ver los enemigos nos turbamos?»

Al caballo con ánimo hiriendo,
sin más les persuadir, rompe la vía;
de los miembros el miedo sacudiendo,
le sigue la esforzada compañía;
y en breve espacio el valle descubriendo
de Tucapel, bien lejos parecía
el muro antes vistoso levantado,
por los anchos cimientos asolado.

Valdivia aquí paró y dijo: «¡Oh constante
española nación de confianza!
Por tierra está el castillo tan pujante,
que en él sólo estribaba mi esperanza;
el pérfido enemigo veis delante,
ya os amenaza la contraria lanza;
en esto más no tengo que avisaros
pues sólo el pelear puede salvaros».

Estaba, como digo, así hablando,
que aún no acababa bien estas razones,
cuando por todas partes rodeando
los iban con espesos escuadrones,
las astas de anchos hierros blandeando,
gritando: «¡Engañadores y ladrones!
La tierra dejaréis hoy con la vida,
pagándonos la deuda tan debida».



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