La araucana primera parte: 047

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CANTO III
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La araucana primera parte



El enemigo hierro riguroso
todo en color de sangre lo convierte;
siempre el acometer es más furioso,
pero ya el combatir es menos fuerte.
Ninguno allí pretende otro reposo
que el último reposo de la muerte;
el más medroso atiende con cuidado
a sólo procurar morir vengado.

La rabia de la muerte y fin presente
crió en los nuestros fuerza tan estraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña.
Al fin dan las espaldas, claramente
suenan voces: «¡Vitoria! ¡España! ¡España!»
Mas el incontrastable y duro hado
dio un estraño principio a lo ordenado.

Un hijo de un cacique conocido
que a Valdivia de paje le servía,
acariciado dél y favorido,
en su servicio a la sazón venía;
del amor de su patria comovido
viendo que a más andar se retraía,
comienza a grandes voces a animarla
y con tales razones a incitarla:

«¡Oh ciega gente, del temor guiada!
¿A dó volvéis los temerosos pechos?
que la fama en mil años alcanzada
aquí perece y todos vuestros hechos.
La fuerza pierden hoy, jamás violada,
vuestras leyes, los fueros y derechos
de señores, de libres, de temidos
quedáis siervos, sujetos y abatidos.

Mancháis la clara estirpe y decendencia
y engerís en el tronco generoso
una incurable plaga, una dolencia,
un deshonor perpetuo, ignominioso.
Mirad de los contrarios la impotencia,
la falta del aliento y el fogoso
latir de los caballos, las ijadas
llenas de sangre y de sudor bañadas.



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