La araucana primera parte: 048

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CANTO III
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La araucana primera parte



No os desnudéis del hábito y costumbre
que de nuestros agüelos mantenemos,
ni el araucano nombre de la cumbre
a estado tan infame derribemos.
Huid el grave yugo y servidumbre;
al duro hierro osado pecho demos;
¿por qué mostráis espaldas esforzadas
que son de los peligros reservadas?

Fijad esto que digo en la memoria,
que el ciego y torpe miedo os va turbando.
Dejad de vos al mundo eterna historia,
vuestra sujeta patria libertando.
Volved, no rehuséis tan gran vitoria
que os está el hado próspero llamando;
a lo menos firmad el pie ligero,
a ver cómo en defensa vuestra muero».

En esto una nervosa y gruesa lanza
contra Valdivia, su señor, blandía,
dando de sí gran muestra y esperanza,
por más los persuadir arremetía.
Y entre el hierro español así se lanza
como con gran calor en agua fría
se arroja el ciervo en el caliente estío
para templar el sol con algún frío.

De sólo el primer bote uno atraviesa,
otro apunta por medio del costado,
y aunque la dura lanza era muy gruesa,
salió el hierro sangriento al otro lado.
Salta, vuelve, revuelve con gran priesa,
y barrenando el muslo a otro soldado,
en él la fuerte pica fue rompida
quedando un grueso trozo en la herida.

Rota la dañosa asta, luego afierra
del suelo una pesada y dura maza;
mata, hiere, destronca y echa a tierra,
haciendo en breve espacio larga plaza;
en él se resumió toda la guerra;
cesa el alcance y dan en él la caza,
mas él aquí y allí va tan liviano,
que hieren por herirle el aire vano.



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