La araucana primera parte: 053

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CANTO III
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La araucana primera parte



Cual suelen escapar de los monteros
dos grandes jabalís fieros, cerdosos,
seguidos de solícitos rastreros,
de la campestre sangre cudiciosos,
y salen en su alcance los ligeros
lebreles irlandeses generosos,
con no menor cudicia y pies livianos,
arrancan tras los míseros cristianos.

Tal tempestad de tiros, Señor, lanzan
cual el turbión que granizando viene,
en fin a poco trecho los alcanzan,
que un paso cenagoso los detiene;
los bárbaros sobre ellos se abalanzan,
por valiente el postrero no se tiene,
murió el clérigo luego, y maltratado
trujeron a Valdivia ante el senado.

Caupolicán, gozoso en verle vivo
y en el estado y término presente,
con voz de vencedor y gesto altivo
le amenaza y pregunta juntamente;
Valdivia como mísero captivo
responde, y pide humilde y obediente
que no le dé la muerte y que le jura
dejar libre la tierra en paz segura.

Cuentan que estuvo de tomar movido
del contrito Valdivia aquel consejo;
mas un pariente suyo empedernido,
a quien él respetaba por ser viejo,
le dice: «¿Por dar crédito a un rendido
quieres perder tal tiempo y aparejo?»
Y apuntando a Valdivia en el celebro,
descarga un gran bastón de duro nebro.

Como el dañoso toro que, apremiado
con fuerte amarra al palo está bramando
de la tímida gente rodeado
que con admiración le está mirando;
y el diestro carnicero ejercitado,
el grave y duro mazo levantando,
recio al cogote cóncavo deciende
y muerto estremeciéndose le tiende;



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