La araucana primera parte: 054

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CANTO III
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La araucana primera parte



Así el determinado viejo cano
que a Valdivia escuchaba con mal ceño,
ayudándose de una y otra mano,
en algo levantó el ferrado leño.
No hizo el crudo viejo golpe en vano,
que a Valdivia entregó al eterno sueño
y en el suelo con súbita caída
estremeciendo el cuerpo, dio la vida.

Llamábase este bárbaro Leocato,
y el gran Caupolicán, dello enojado,
quiso enmendar el libre desacato,
pero fue del ejército rogado;
salió el viejo de aquello al fin barato
y el destrozo del todo fue acabado,
que no escapó cristiano desta prueba
para poder llevar la triste nueva.

Dos bárbaros quedaron con la vida
solos de los tres mil, que como vieron
la gente nuestra rota y de vencida,
en un jaral espeso se escondieron;
de allí vieron el fin de la reñida
guerra, y puestos en salvo lo dijeron,
que, como las estrellas se mostraron,
sin ser de nadie vistos se escaparon.

La escura noche en esto se subía
a más andar a la mitad del cielo,
y con las alas lóbregas cubría
el orbe y redondez del ancho suelo,
cuando la vencedora compañía,
arrimadas las armas sin recelo,
danzas en anchos cercos ordenaban,
donde la gran vitoria celebraban.

Fue la nueva en un punto discurriendo
por todo el araucano regimiento,
y antes que el sol se fuese descubriendo,
el campo se cubió de bastimento.
Gran multitud de gente concurriendo,
se forma un general ayuntamiento
de mozos, viejos, niños y mujeres,
partícipes en todos los placeres.



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