La araucana primera parte: 058

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CANTO III
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La araucana primera parte



Por él las fiestas fueron alargadas,
ejercitando siempre nuevos juegos
de saltos, luchas, pruebas nunca usadas,
danzas de noche en torno de los fuegos;
había precios y joyas señaladas,
que nunca los troyanos ni los griegos,
cuando los juegos más continuaron,
tan ricas y estimadas las sacaron.

Llegó a Caupolicán, estando en esto,
un bárbaro, turbado, sin aliento,
perdida la color, mudado el gesto,
cubierto de sudor y polvoriento,
diciéndole: «Señor, socorre presto,
tu campo es roto y cierto el perdimiento
que la gente que estaba en la emboscada
es muerta la más della y destrozada.

Por tierra de Elicura son bajados
catorce valentísimos guerreros,
de corazas finísimas armados
sobre caballos prestos y ligeros;
por estos solos son desbaratados
dos escuadrones tuyos de piqueros
y visto el gran estrago, al improviso
partí corriendo a darte dello aviso».

Caupolicán, con muestra no alterada,
hizo que del temor se asegurase,
diciendo que tan poca gente armada
al cabo era imposible que escapase;
y con la diligencia acostumbrada
mandó al nuevo teniente que guiase
con la más presta gente por la vía,
que luego con el resto le seguía.

Lautaro, en lo acetar no perezoso,
escogiendo una escuadra suficiente,
marcha con toda priesa, codicioso
de ganar opinión entre la gente.
Mas de Marte el estruendo sonoroso
me llama, que me tardo injustamente;
de los catorce es tiempo que se trate,
y del sangriento y áspero combate.

Estiéndase su fama y sea notoria,
pues que tanto su espada resplandece,
y dellos se eternice la memoria,
si valor en las armas lo merece:
testimonio dará dello la historia;
pero acabar el canto me parece,
que a decir tan gran cosa no me atrevo,
si no es con nuevo aliento y canto nuevo.



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