La araucana primera parte: 063

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CANTO IV
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La araucana primera parte



Era el sitio de lomas rodeado,
aunque por esta senda y paso abierto,
del este, norte, oeste está abrigado,
y el sur le hiere casi en descubierto,
por do seguido va el camino usado
de los ligeros bárbaros cubierto,
en espaciosa hila prolongada,
sedientos de la sangre baptizada.

Tras los nuestros los bárbaros saliendo,
en el llano asimismo repararon,
y la gente esparcida recogiendo,
dos gruesos escuadrones reformaron;
los catorce españoles conociendo
que era mejor romper; se aparejaron;
mueven los escuadrones concertados,
por el fuerte Lincoya gobernados.

Con flautas, cuernos, roncos instrumentos
alto estruendo, alaridos desdeñosos,
salen los fieros bárbaros sangrientos
contra los españoles valerosos,
que convertir esperan en lamentos
los arrogantes gritos orgullosos;
tanto el esfuerzo y ánimo les crece
que poca gente en contra les parece.

Aunque allí un español disfigurado,
que yo no digo aquí cuál dellos era,
dijo, viendo tan poca gente al lado:
«¡Oh si nuestro escuadrón de ciento fuera!»
Pero Gonzalo Hernández animado,
vuelto al cielo, responde: «A Dios pluguiera
fuéramos solos doce y dos faltaran,
que doce de la fama nos llamaran».

Los caballos en esto apercibiendo,
firmes y recogidos en las sillas,
sueltan las riendas, y los pies batiendo,
parten contra las bárbaras cuadrillas;
las poderosas lanzas requiriendo,
afiladas en sangre las cuchillas,
llamando en alta voz a Dios del cielo,
hacen gemir y retemblar el suelo.



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