La araucana primera parte: 064

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CANTO IV
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La araucana primera parte



Calan de fuerte fresno como vigas
los bárbaros las picas al momento,
de la suerte que suelen las espigas
derribarse al furor del recio viento;
no bastaron las armas enemigas
al ímpetu español y movimiento,
que los nuestros rompieron por un lado,
dejando el escuadrón aportillado.

A un tiempo los caballos volteando,
lejos las rotas lanzas arrojadas,
vuelven al enemigo y fiero bando,
en alto ya desnudas las espadas;
otra vez arremeten, no bastando
infinidad de puntas enastadas,
puestas en contra de la airada gente,
a que no se mezclasen igualmente.

Los unos, que no saben ser vencidos,
los otros a vencer acostumbrados,
son causa que se aumenten los heridos
y que bajen los brazos más pesados;
de llamas los arneses encendidos,
con gran fuerza y presteza golpeados,
formaban un rumor, que el alto cielo
del todo parecía venir al suelo.

El buen Gonzalo Hernández, presumiendo
imitar al de Córdoba famoso,
iba por el ejército rompiendo
no menos diestro y fuerte que animoso;
Peñalosa y Vergara, conociendo
que vencer o morir era forzoso,
hacen de sus personas arriscadas
de esfuerzo y fuerzas pruebas señaladas.

El valiente soldado de Escalona
la rigurosa espada ejercitando,
aventura y señala su persona,
mil bárbaros valientes señalando;
Don Leonardo Manrique no perdona
los golpes que recibe, antes doblando
los suyos con gran priesa y mayor ira,
los castiga, maltrata y los retira.



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