La araucana primera parte: 065

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CANTO IV
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La araucana primera parte



Otro, pues, que de Córdoba se llama,
mozo de grande esfuerzo y valentía,
tanta sangre araucana allí derrama
que hizo cien viudas aquel día;
por una que venganza al cielo clama,
saltan todas las otras de alegría;
que al fin son las mujeres variables,
amigas de mudanzas y mudables.

Cortés y Pero Niño por un lado
hacen un fiero estrago y cruda guerra;
Morán, Gómez de Almagro y Maldonado
siembran de cuerpos bárbaros la tierra;
el Herrero, como hombre acostumbrado
y diestro en golpear, mata y atierra;
pues Nereda también, que era maestro,
hiere, derriba a diestro y a siniestro.

Como si fueran a morir desnudos,
las rabiosas espadas así cortan;
con tanta fuerza bajan golpes crudos
que poco fuertes armas les importan;
lo que sufrir no pueden los escudos,
los insensibles cuerpos lo comportan
en furor encendidos, de tal suerte,
que no sienten los golpes ni aun la muerte.

Antes de rabia y cólera abrasados
con poderosos golpes los martillan,
y de muchos con fuerza redoblados
los cargados caballos arrodillan;
abollan los arneses relevados,
abren, desclavan, rompen, deshebillan,
ruedan las rotas piezas y celadas
y el aire atruena el son de las espadas.

Lincoya, combatiendo y derribando,
anima con hervor los escuadrones,
contra su fuerza y maza no bastando
de crestas altas fuertes morriones.
Cortés un golpe suyo reparando,
la cabeza inclinó entre los arzones,
llevándole el caballo medio muerto,
suelto el freno, corriendo a campo abierto.



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