La araucana primera parte: 069

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CANTO IV
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La araucana primera parte



Lautaro así veloz por un repecho
bajaba, enderezando a los de España,
pensando él solo dar fin aquel hecho,
si no le desamparan la campaña.
Delante de su gente va gran trecho,
digna es de celebrarse tal hazaña:
solos catorce esperan, hechos piezas,
rotos los brazos, piernas y cabezas.

Cuatro mil sobrevienen vitoriosos;
apiñados los nuestros los esperan,
no de ver tanta gente temerosos,
porque aun morir con más honor quisieran.
Los fieros enemigos orgullosos
en alta voz gritaban: «¡Mueran! ¡Mueran!»,
y el lincoyano ejército animado
también acometió por otro lado.

Lanzaron los caballos los cristianos
batiendo bien de espacio el hueco suelo,
contra los descansados araucanos
que fieros amenazan tierra y cielo;
vienen con tardos pies a prestas manos,
y del primer encuentro, hecho un hielo,
Pero Niño tocó la blanca arena,
bañándola de sangre en larga vena.

Atravesóle el cuerpo la herida,
aunque en atribuirla hay desconcierto;
unos dicen que Angol fue el homicida,
otros que Leocotón, y esto es más cierto;
cualquier dellos que fue, de gran caída
Pero Niño quedó en el campo muerto
con un trozo de pica atravesado
donde fue del tropel despedazado.

También el de Manrique volteando
a los pies de Lautaro muerto vino;
rompen los otros doce, enderezando
por las espesas armas al camino;
pero Ongolmo, los pies apresurando,
de un golpe derribó fuera de tino
a Nereda, que en guerras era experto;
Cortés, de muy herido, cayó muerto



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