La araucana primera parte: 075

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CANTO IV
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La araucana primera parte



Ya la Fama, ligera embajadora
de tristes nuevas y de grandes males,
a Penco atormentaba de hora en hora,
esforzando su voz ruines señales,
cuando llegan los indios a deshora,
los dos que ya conté que en los jarales,
viendo a Valdivia roto, se escondieron,
y éstos el triste caso refirieron.

Por mensajeros ciertos entendiendo
el duro y desdichado acaecimiento,
viejos, mujeres, niños concurriendo,
se forma un triste y general lamento;
el cielo con aguda voz rompiendo
hinchen de tristes lástimas el viento
nuevas viudas, huérfanas, doncellas,
era una dolorosa cosa vellas.

Los blancos rostros, más que flores bellos,
eran de crudos puños ofendidos,
y manojos dorados de cabellos
andaban por los suelos esparcidos;
vieran pechos de nieve y tersos cuellos
de sangre y vivas lágrimas teñidos,
y rotos por mil partes y arrojados
ricos vestidos, joyas y tocados.

No con menor estruendo los varones
de la edad más robusta juntamente
daban de su dolor demonstraciones
pero con otro modo diferente;
suenan las armas, suenan municiones,
suena el nuevo aparato de la gente,
y la ronca trompeta del dios Marte
a guerra incita ya por toda parte.

Unos botas espadas afilaban,
otros petos mohosos enlucían,
otros las viejas cotas remallaban,
hierros otros en astas enjerían;
cañones reforzados apuntaban,
al viento las banderas descogían
y en alardosa muestra los soldados
iban por todas partes ocupados.



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