La araucana primera parte: 082

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CANTO V
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La araucana primera parte



Pero por más veloz en la corrida
el mozo Curiomán se señalaba,
que con gallarda muestra y atrevida
larga carrera sin temor tomaba
y blandiendo una lanza muy fornida
en medio de la furia la arrojaba,
que nunca la ballesta al torno armada
jara con tal presteza fue enviada.

Había siete españoles ya herido,
mas nadie se atraviesa a la venganza,
que era el valiente bárbaro temido
por su esfuerzo, destreza y gran pujanza;
en esto Villagrán, algo corrido
viéndole despedir la octava lanza,
dijo con voz airada: «¿No hay alguno
que castigue este bárbaro importuno?»

Diciendo esto miraba a Diego Cano,
el cual de osado crédito tenía,
que, una asta gruesa en la derecha mano,
su rabicán preciado apercebía;
y al tiempo cuando el bárbaro lozano
con fuerza estrema el brazo sacudía,
en la silla los muslos enclavados
hiere al caballo a un tiempo entrambos lados.

Con menudo tropel y gran ruido
sale el presto caballo desenvuelto
hacia el gallardo bárbaro atrevido,
que en esto las espaldas había vuelto;
pero el fuerte español, embebecido
en que no se le fuese, el freno suelto,
bate al caballo a priesa los talones
hasta los enemigos escuadrones.

No el araucano y fiero ayuntamiento
con las espesas picas derribadas,
ni el presuroso y recio movimiento
de mazas y de bárbaras espadas
pudieron resistir el duro intento
del airado español que las pisadas
del ligero araucano iba siguiendo,
la espesa turba y multitud rompiendo:



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