La araucana primera parte: 087

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CANTO V
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La araucana primera parte



Diego Cano a dos manos, sin escudo,
no deja lanza enhiesta ni armadura,
que todo por rigor de filo agudo
hecho pedazos viene a la llanura;
pues Peña, aunque de lengua tartamudo,
se revuelve con tal desenvoltura
cual Cesio entre las armas de Pompeo
o en Troya el fiero hijo de Peleo.

Por otra parte el español Reinoso,
de ponzoñosa rabia estimulado,
con la espada sangrienta va furioso
hiriendo por el uno y otro lado;
mata de un golpe a Palta y riguroso
la punta enderezó contra el costado
del fuerte Ron, y así acertó la vena
que la espada de sangre sacó llena.

Bernal, Pedro de Aguayo, Castañeda,
Ruiz, Gonzalo Hernández y Pantoja
tienen hecha de muertos una rueda
y la tierra de sangre toda roja;
no hay quien ganar del campo un paso pueda
ni el espeso herir un punto afloja,
haciendo los cristianos tales cosas
que las harán los tiempos milagrosas.

Mas eran los contrarios tanta gente,
y tan poco el remedio y confianza,
que a muchos les faltaba juntamente
la sangre, aliento, fuerza y la esperanza;
llevados, pues, al fin de la corriente,
sin poder resistir la gran pujanza,
pierden un largo trecho la montaña
con todas las seis piezas de campaña.

Del antiguo valor y fortaleza
sin aflojar los nuestros siempre usaron;
no se vio en español jamás flaqueza
hasta que el campo y sitio les ganaron;
mas viéndose a tal hora en estrecheza
que pasaba de cinco que empezaron,
comienzan a dudar ya la batalla
perdiendo la esperanza de ganalla.



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