La araucana primera parte: 091

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CANTO VI
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La araucana primera parte



Así los enemigos apiñados
en medio al triste Villagrán tenían,
que, por darle la muerte embarazados
los unos a los otros se impedían;
mas los trece españoles esforzados
rompiendo a la sazón sobrevenían
de roja y fresca sangre ya cubiertos
de aquellos que dejaban atrás muertos.

Con gran presteza, del amor movidos,
a donde Villagrán veen se arrojaban,
y los agudos hierros atrevidos
de nuevo en sangre nueva remojaban.
Desamparan el cerco los heridos,
acá y allá medrosos se apartaban,
algunos sustentaban con más suerte
su parte y opinión hasta la muerte.

Si un espeso montón se deshacía
desocupando el campo escarmentados,
otra junta mayor luego nacía,
y estaban sus lugares ocupados;
del sueño Villagrán aún no volvía,
mas tal maña se dieron sus soldados
y así las prestas armas revolvieron
que en su acuerdo a caballo lo pusieron.

A tardarse más tiempo fuera muerto
y a bien librar salió tan mal parado,
que, aunque estaba de planchas bien cubierto,
tenía el cuerpo molido y magullado;
pero del sueño súbito despierto
viendo trece españoles a su lado,
olvidando el peligro en que aún estaba,
entre los duros hierros se lanzaba.

Por medio del ejército enemigo
sin escarmiento ni temor hendía,
llevando en su defensa al bando amigo
que destrozando bárbaros venía.
Trillan, derriban, hacen tal castigo
que duran las reliquias hoy en día,
y durará en Arauco muchos años
el estrago y memoria de los daños.



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