La araucana primera parte: 097

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CANTO VI
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La araucana primera parte



Unos vienen al suelo mal heridos,
de los lomos al vientre atravesados;
por medio de la frente otros hendidos;
otros mueren con honra degollados;
otros, que piden medios y partidos,
de los cascos los ojos arrancados,
los fuerzan a correr por peligrosos
peñascos sin parar precipitosos.

Y a las tristes mujeres delicadas
el debido respeto no guardaban,
antes con más rigor por las espadas,
sin escuchar sus ruegos, las pasaban;
no tienen miramiento a las preñadas,
mas los golpes al vientre encaminaban,
y aconteció salir por las heridas
las tiernas pernezuelas no nacidas.

Suben por la gran cuesta al que más puede,
y paga el perezoso y negligente,
que a ninguno más vida se concede
de cuanto puede andar ligeramente;
y aquel torpe es forzoso que se quede
que no es en la carrera diligente;
que la muerte, que airada atrás venía,
en afirmando el pie, le sacudía.

Aunque la cuesta es áspera y derecha,
muchos a la alta cumbre han arribado,
adonde una albarrada hallaron hecha
y el paso con maderos ocupado.
No tiene aquel camino otra deshecha,
que el cerro casi en torno era tajado:
del un lado le bate la marina,
del otro un gran peñol con él confina.

Era de gruesos troncos mal pulidos
el nuevo muro en breve tiempo hecho,
con arte unos en otros engeridos
que cerraban la senda y paso estrecho;
dentro estaban los indios prevenidos,
las armas sobre el muro y antepecho,
que según orgullosos se mostraban,
al cielo, no a la gente amenazaban.