La araucana primera parte: 102

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CANTO VII
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La araucana primera parte



Puédese imaginar cuál llegarían
de trabajos y heridas maltratados;
algunos casi rostros no traían,
otros los traen de golpes levantados;
del infierno parece que salían:
no hablan ni responden, elevados
a todos con los ojos rodeaban
y más callando el daño declaraban.

Después que dio el cansancio y torpe espanto
licencia de decir lo que pasaba,
dejando el pueblo atónito ya cuanto,
súbito en triste tono levantaba
un alboroto y doloroso llanto,
que el gran desastre más solenizaba
y al són discorde y áspera armonía
la casa más vecina respondía.

Quién llora el muerto padre, quién marido,
quién hijos, quién sobrinos, quién hermanos;
mujeres como locas sin sentido
ansiosas tuercen las hermosas manos;
con el fresco dolor crece el gemido
y los protestos de acidente vanos;
los niños abrazados con las madres
preguntaban llorando por sus padres.

De casa en casa corren publicando
las voces y clamores esforzados;
los muertos que murieron peleando
y aquellos infelices despeñados;
mozas, casadas, viudas lamentando,
puestas las manos y ojos levantados
piden a Dios para dolor tan fuerte
el último remedio de la muerte.

La amarga noche sin dormir pasaban
al són de dolorosos instrumentos;
mas el día venido, se atajaban
con otro mayor mal estos lamentos,
diciendo que a gran furia se acercaban
los araucanos bárbaros sangrientos,
en una mano hierro, en otra fuego,
sobre el pueblo español, de temor ciego.



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