La araucana primera parte: 108

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CANTO VII
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La araucana primera parte



Un bárbaro valiente que tenía
la estancia y heredad en aquel valle,
halló un indio cristiano por la vía;
pero no se preciando de matalle,
prisionero a su casa le traía
y comienza en tal modo a razonalle:
«La vida, ¡oh miserable!, quiero darte
aunque no la mereces por tu parte.

Pues que ya a la guerra tú venías,
gozando del honor de los guerreros,
¿por qué con las mujeres te escondías
viendo a hierro morir tus compañeros?
Mujer debes de ser, pues que temías
tanto de alguna espada los aceros;
y así quiero que tengas el oficio
en todo lo que toca a mi servicio».

Mandó que del oficio se encargase
que a la mujer honesta es permitido,
y la posada y cena concertase
en tanto que del sueño convencido
los fatigados miembros recrease;
y habiéndose a su cama recogido,
al mundo el sol dos vueltas había dado
y no había el araucano despertado,

sepultado en un sueño tan profundo
como si de mil años fuera muerto,
hasta que el claro sol dio luz al mundo
a la vuelta tercera; que despierto
pidió la usada ropa, y lo segundo
si estaba la comida ya en concierto;
el diligente siervo respondía
que después de guisada estaba fría,

diciéndole también cómo había estado
cincuenta horas de término en el lecho,
del trabajo y manjares olvidado,
con todo lo demás que se había hecho;
y que el comer estaba aparejado
si del sueño se hallaba satisfecho.
El bárbaro responde: «No me espanto
de haber sin despertar dormido tanto;



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