La araucana primera parte: 109

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CANTO VII
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La araucana primera parte



que el cuidoso Lautaro apercibido,
por hacer desear vuestra llegada,
la gente en escuadrones ha tenido
con tanta diciplina castigada,
que aun el sentarnos era defendido
en acabando Apolo su jornada,
hasta que ya los rayos de su lumbre
nos daban de la vuelta certidumbre.

Si alguno de su puesto se movía,
sin esperar descargo le empalaba,
y aquel que de cansado se dormía
en medio de dos picas le colgaba;
quien cortaba una espiga allí moría,
demás de la ración que se le daba:
con órdenes estrechas y precetos
nos tuvo, como digo, así sujetos.

Desta suerte estuvimos los soldados
más de catorce noches aguardando,
las picas altas, a ellas arrimados,
vuestra tarda venida deseando;
del sueño y del cansancio quebrantados
pasando gran trabajo, hasta cuando
supimos que llegábades ya junto,
que nos quitó el cansancio en aquel punto».

Viendo el silencio que en el valle había
le pregunta si el campo era partido;
el mozo dice: «Ayer antes del día
salió de aquí con súbito ruido;
afirmarte la causa no sabría
aunque por claras muestras he entendido
que la ciudad de Penco torreada
era del español desamparada».

Así era la verdad: que caminado
habían los escuadrones vencedores
hacia el pueblo español, desamparado
de los inadvertidos moradores.
La codicia del robo y el cuidado
les puso espuelas y ánimos mayores;
siete leguas del valle a Penco había
y arribaron en sólo medio día.



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