La araucana primera parte: 110

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CANTO VII
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La araucana primera parte



A vista de las casas ya la gente
se reparte por todos los caminos,
porque el saco del pueblo sea igualmente
lleno de ropa, y falto de vecinos;
apenas la señal del partir siente
cuando cual negra banda de estorninos
que se abate al montón del blanco trigo,
baja al pueblo el ejército enemigo.

La ciudad yerma en gran silencio atiende
el presto asalto y fiera arremetida
de la bárbara furia, que deciende
con alto estruendo y con veloz corrida;
el menos codicioso allí pretende
la casa más copiosa y bastecida;
vienen de gran tropel hacia las puertas
todas de par en par francas y abiertas.

Corren toda la casa en el momento
y en un punto escudriñan los rincones;
muchos por no engañarse por el tiento
rompen y descerrajan los cajones;
baten tapices, rimas y ornamento,
camas de seda y ricos pabellones,
y cuanto descubrir pueden de vista
que no hay quien los impida ni resista.

No con tanto rigor el pueblo griego
entró por el troyano alojamiento,
sembrando frigia sangre y vivo fuego,
talando hasta en el último cimiento
cuanto de ira, venganza y furor ciego,
el bárbaro, del robo no contento,
arruina, destruye, desperdicia
y aun no puede cumplir con su malicia.

Quién sube la escalera y quién abaja,
quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija;
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija,
por las torres, desvanes y tejados
aparecen los bárbaros cargados.



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