La araucana primera parte: 112

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CANTO VII
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La araucana primera parte



Por alto y bajo el fuego se derrama,
los cielos amenaza el són horrendo,
de negro humo espeso y viva llama
la infelice ciudad se va cubriendo;
treme la tierra en torno, el fuego brama
de subir a su esfera presumiendo;
caen de rica labor maderamientos
resumidos en polvos cenicientos.

Piérdese la ciudad más fértil de oro
que estaba en lo poblado de la tierra,
y adonde más riquezas y tesoro
según fama en sus términos se encierra.
¡Oh, cuántos vivirán en triste lloro,
que les fuera mejor continua guerra!
Pues es mayor miseria la pobreza
para quien se vio en próspera riqueza.

A quién diez a quién veinte y a quién treinta
mil ducados por año les rentara;
el más pobre tuviera mil de renta,
de aquí ninguno dellos abajara;
la parte de Valdivia era sin cuenta
si la ciudad en paz se sustentara,
que en torno la cercaban ricas venas
fáciles de labrar y de oro llenas.

Cien mil casados súbditos servían
a los de la ciudad desamparada;
sacar tanto oro en cantidad podían,
que a tenerse viniera casi en nada.
Esto que digo y la opinión perdían
por aflojar el brazo de la espada,
ganados, heredades, ricas casas,
que ya se van tornando en vivas brasas.

La grita de los bárbaros se entona;
no cabe el gozo dentro de sus pechos
viendo que el fuego horrible no perdona
hermosas cuadras ni labrados techos,
en tanta multitud no hay tal persona
que de verlos se duela así deshechos,
antes sospiran, gimen y se ofenden,
porque tanto del fuego se defienden.



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