La araucana primera parte: 113

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CANTO VII
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La araucana primera parte



Paréceles que es lento y espacioso
pues tanto en abrasarlos se tardaba,
y maldicen al Tracio proceloso,
porque la flaca llama no esforzaba;
al caer de las casas sonoroso
un terrible alarido resonaba,
que junto con el humo y las centellas,
subiendo amenazaba las estrellas.

Crece la fiera llama en tanto grado
que las más altas nubes encendía;
Tracio con movimiento arrebatado
sacudiendo los árboles venía
y Vulcano al rumor, sucio y tiznado,
con los herreros fuelles acudía,
que ayudaron su parte al presto fuego
y así se apoderó de todo luego.

Nunca fue de Nerón el gozo tanto
de ver en la gran Roma poderosa
prendido el fuego ya por cada canto,
vista sola a tal hombre deleitosa;
ni aquello tan gran gusto le dio, cuanto
gusta la gente bárbara dañosa
de ver cómo la llama se estendía,
y la triste ciudad se consumía.

Era cosa de oír dura y terrible
los estallidos y fornace estruendo,
el negro humo espeso e insufrible,
cual nube en aire así se va imprimiendo;
no hay cosa reservada al fuego horrible,
todo en sí lo convierte, resumiendo
los ricos edificios levantados,
en antiguos corrales derribados.

Llegado al fin el último contento
de aquella fiera gente vengativa,
aun no parando en esto el mal intento,
ni planta en pie ni cosa dejan viva;
el incendio acabado como cuento,
un mensajero con gran priesa arriba
del hijo de Leocán, y su embajada
será en el otro canto declarada.



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