La araucana primera parte: 118

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CANTO VIII
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La araucana primera parte



Ceja no se movió y aun el aliento
apenas al espíritu halló vía
mientras duró el soberbio parlamento
que el gran Caupolicano les hacía.
Hubo en el responder el cumplimiento
y cerimonia usada en cortesía;
a Lautaro tocaba, y escusado,
Lincoya así responde levantado:

«Señor: Yo no me he visto tan gozoso
después que en este triste mundo vivo,
como en ver manifiesto el valeroso
ánimo dese invicto pecho altivo
y así, por pensamiento tan glorioso,
me ofrezco por tu siervo y tu captivo,
que no quiero ser rey del cielo y tierra
si hubiese de acabarse aquí la guerra.

Y en testimonio desto yo te juro
de te seguir y acompañar de hecho,
ni por áspero caso, adverso y duro
a la patria volver jamás el pecho;
desto puedes, señor, estar seguro
y todo faltará y será deshecho
antes que la palabra acreditada
de un hombre como yo por prenda dada».

Así dijo; y tras él, aunque rogado,
el buen Peteguelén, curaca anciano,
de condición muy áspera enojado
pero afable en la paz, dócil y humano;
viejo, enjuto, dispuesto, bien trazado,
señor de aquel hermoso y fértil llano,
con espaciosa voz y grave gesto
propuso en sus razones sabias esto:

«Fuerte varón y capitán perfeto,
no dejaré de ser el delantero
a probar la fineza deste peto
y si mi hacha rompe el fino acero;
mas, como quien lo entiende, te prometo
que falta por hacer mucho primero
que salgan españoles desta tierra,
cuanto más ir a España a mover guerra.



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