La araucana primera parte: 119

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CANTO VIII
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La araucana primera parte



Bien será que, señor, nos contentemos
con lo que nos dejaron los pasados
y a nuestros enemigos desterremos
que están en lo más dello apoderados;
después por el suceso entenderemos
mejor el disponer de nuestros hados.
Esto a mí me parece y quien quisiere
proponga otra razón, si mejor fuere».

Callando este cacique, se adelanta
Tucapelo, de cólera encendido,
y sin respeto así la voz levanta
con un tono soberbio y atrevido
diciendo: «A mí la España no me espanta
y no quiero por hombre ser tenido
si solo no arruino a los cristianos
ahora sean divinos, ahora humanos.

Pues lanzarlos de Chile y destruirlos
no será para mí bastante guerra
que pienso, si me esperan, confundirlos
en el profundo centro de la tierra;
y si huyen, mi maza ha de seguirlos,
que es la que deste mundo los destierra;
por eso no nos ponga nadie miedo
que aun no haré en hacerlo lo que puedo.

Y por mi diestro brazo os aseguro,
si la maza dos años me sustenta,
a despecho del cielo, a hierro puro,
de dar desto descargo y buena cuenta
y no dejar de España enhiesto muro
y aun el ánimo a más se me acrecienta,
que después que allanare el ancho suelo,
a guerra incitaré al supremo cielo.

Que no son hados, es pura flaqueza
la que nos pone estorbos y embarazos;
pensar que haya fortuna es gran simpleza:
la fortuna es la fuerza de los brazos.
La máquina del ciclo y fortaleza
vendrá primero abajo hecha pedazos
que Tucapel en esta y otra empresa
falte un mínimo punto en su promesa».



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