La araucana primera parte: 121

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CANTO VIII
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La araucana primera parte



Debemos procurar con seso y arte
redemir nuestra patria y libertarnos
dando vuestras bravezas menos parte,
pues más pueden dañar que aprovecharnos.
¡Oh hijo de Leocán!, quiero avisarte,
si quieres como sabio gobernarnos,
que temples esta furia y con maduro
seso pongas remedio en lo futuro.

El consejo más sano y conveniente
es que, el campo en tres bandas repartido,
a un tiempo, aunque por parte diferente,
dé sobre el Cautén, pueblo aborrecido;
bien que esté en su defensa buena gente,
es poca; y este asiento destruido,
Valdivia de allanar fácil sería
pues no alcanza arcabuz ni artillería.

Sólo a mí Santiago me da pena
pero modo a su tiempo buscaremos
para poderla entrar y La Serena
fácilmente después la allanaremos.
Aunque sujeto a lo que el hado ordena,
es el mejor camino que tenemos».
Acabando con esto el sabio viejo,
a muchos pareció bien su consejo.

Tras éste, otro curaca hechicero
de la vejez decrépita impedido
(Puchecalco se llama el agorero
por sabio en los pronósticos tenido),
con profundo sospiro, íntimo y fiero
comienza así a decir entristecido:
«Al negro Eponamón doy por testigo
de lo que siempre he dicho y ahora digo:

por un término breve se os concede
la libertad y habéis lo más gozado;
mudarse esta sentencia ya no puede
que está por las estrellas ordenado
y que Fortuna en vuestro daño ruede;
mirad que os llama ya el preciso hado
a dura sujeción y trances fuertes:
repárense a lo menos tantas muertes.

El aire de señales anda lleno,
y las noturnas aves van turbando
con sordo vuelo el claro día sereno,
mil prodigios funestos anunciando;
las plantas con sobrado humor terreno
se van, sin producir fruto, secando;
las estrellas, la luna, el sol lo afirman,
cien mil agüeros tristes lo confirman.

Mírolo todo y todo contemplando,
no sé en qué pueda yo esperar consuelo,
que de su espada el Orión armado
con gran ruina ya amenaza el suelo;
Júpiter se ha al ocaso retirado;
sólo Marte sangriento posee el cielo
que, denotando la futura guerra,
enciende un fuego bélico en la tierra.

Ya la furiosa Muerte irreparable
viene a nosotros con airada diestra
y la amiga Fortuna favorable
con diferente rostro se nos muestra;
y Eponamón horrendo y espantable,
envuelto en la caliente sangre nuestra,
la corva garra tiende, el cerro yerto,
llevándonos al no sabido puerto».




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