La araucana primera parte: 123

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CANTO VIII
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La araucana primera parte



Pero sin miedo el bárbaro sangriento
por las espesas armas discurría;
brazos, cabezas, y ánimos sin cuento
soberbios quebrantó en solo aquel día
y cual menuda lluvia por el viento
la sangre y frescos sesos esparcía
no discierne al pariente del estraño,
haciéndolos iguales en el daño.

Las armas eran sólo en defenderle
de la canalla bárbara araucana
que en montón trabajaba de ofenderle,
mas el temor la ofensa hacía liviana.
Era cierto, admirable cosa verle
saltar y acometer con furia insana
desmembrando la gente, sin poderse
de su maza y presteza defenderse.

Caupolicán del caso no pensado
en tal furor y cólera se enciende,
que estaba de bajar determinado
aunque su gravedad se lo defiende;
pero Lautaro, alegre y admirado,
miraba cómo solo así contiende
un hombre contra tanto barbarismo,
incrédulo y dudoso de sí mismo.

Y en esto al General, con el debido
respeto y ojos bajos en el suelo,
le dice: «Una merced, señor, te pido,
si algo merecen mi intención y celo,
y es que el gran desacato cometido
perdones francamente a Tucapelo;
pues ha mostrado en campo claramente
valer él más que toda aquella gente».

Perplejo el General estaba en duda
pero mirando al fin quién lo pedía,
luego el ejecutivo intento muda,
y con el rostro alegre respondía:
«El ha tenido en vos bastante ayuda
por la cual le perdono», y más decía
que fuese a las escuadras y mandase
que el combatirle más luego cesase.



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