La araucana primera parte: 129

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CANTO IX
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La araucana primera parte



Un miedo igual a todos atormenta;
no hay corazón, no hay ánimo así entero
que en tanta confusión, furia y tormenta
no temblase, aunque más fuese de acero;
en esto Eponamón se les presenta
en forma de un dragón horrible y fiero
con enroscada cola envuelta en fuego
y en ronca y torpe voz les habló luego

diciéndoles que apriesa caminasen
sobre el pueblo español amedrentado,
que por cualquiera banda que llegasen
con gran facilidad sería tomado,
y que al cuchillo y fuego la entregasen
sin dejar hombre a vida y muro alzado.
Esto dicho, que todos lo entendieron,
en humo se deshizo y no lo vieron.

Al punto los confusos elementos
fueron sus movimientos aplacando,
y los desenfrenados cuatro vientos
se van a sus cavernas retirando;
las nubes se retraen a sus asientos
el cielo y claro sol desocupando;
sólo el miedo en el pecho más osado
no dejó su lugar desocupado.

La tempestad cesó y el raso cielo
vistió el húmido campo de alegría,
cuando con claro y presuroso vuelo
en una nube una mujer venía
cubierta de un hermoso y limpio velo
con tanto resplandor, que al mediodía
la claridad del sol delante della
es la que cerca dél tiene una estrella.

Desterrando el temor la faz sagrada
a todos confortó con su venida;
venía de un viejo cano acompañada,
al parecer de grave y santa vida.
Con una blanda voz y delicada
les dice: «¿A dónde andáis, gente perdida?
Volved, volved el paso a vuestra tierra,
no vais a la Imperial a mover guerra.



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