La araucana primera parte: 140

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CANTO IX
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La araucana primera parte



Quien en llegar es algo perezoso,
viendo levar el áncora a la nave,
no duda en arrojarse al mar furioso
teniendo aquel morir por menos grave.
Quién antes no nadaba, de medroso
las olas rompe agora y nadar sabe:
mirad, pues, el temor a qué ha llegado,
que viene a ser de miedo el hombre osado.

Los que están en la fuerza retraídos,
como buenos guerreros se defienden;
muertos quieren quedar y no vencidos
que ya sólo un honrado fin pretenden;
y con tal presupuesto embravecidos,
sin esperanza de vivir ofenden,
haciendo en los contrarios tal estrago
que la plaza de sangre era ya lago.

Lautaro, gente y armas contrastando,
en la fuerza el primero entrado había,
y muerto a dos soldados en entrando
que en suerte le cupieron aquel día.
Lincoya iba hiriendo y derribando
mas ¿quién podrá decir la bravería
de Tucapel, que el cielo acometiera
si hallara algún camino o escalera?

No entró el fuerte por puerta ni por puente,
antes con desenvuelto y diestro salto
libre el foso salvó ligeramente
y estaba en un momento en lo más alto;
no le pudo seguir por allí gente,
él solo de aquel lado dio el asalto,
mas como si de mil fuera guardado
se arroja luego en medio del cercado.

Apenas puso el pie firme en la plaza,
cuando el furioso bárbaro esgrimiendo
la ejercitada, dura y gruesa maza,
iba los enemigos esparciendo.
No vale malla fina ni coraza
y las celadas fuertes, no pudiendo
sufrir los recios golpes que bajaban,
machucando los sesos se abollaban.



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