La araucana primera parte: 141

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CANTO IX
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La araucana primera parte



Unos deja tullidos y contrechos,
otros para en su vida lastimados;
a quién hunde el pescuezo por los pechos,
a quién rompe los lomos y costados
cual si fueran de blanda cera hechos;
magulla, muele y deja derrengados
y en el mayor peligro osadamente
se arroja sin temor de armas y gente.

Contra Ortiz revolvió con muestra airada
que había muerto a Torquín, mozo animoso;
la maza alta y la vista en él clavada,
rompe por el tropel de armas furioso.
No sé cuál fue la espada señalada
ni aquel brazo pujante y provechoso,
que el mástil cercenó del araucano
y dos dedos con él de la una mano.

Con el encendimiento que llevaba
no sintió la herida de repente
mas, cuando el brazo y golpe descargaba,
que los dedos y maza faltar siente,
herida tigre hircana no es tan brava
ni acosado león tan impaciente
como el indio, que lleno de postema,
del cielo, infierno, tierra y mar blasfema.

Sobre las puntas de los pies estriba
y en ellas la persona más levanta
el brazo cuanto puede atrás derriba
y el trozo impele con violencia tanta
que a Ortiz, que alta la espada sobre él iba,
la celada y los cascos le quebranta,
y del grave dolor desvanecido
dio en el suelo de manos sin sentido.

El bárbaro, con esto no vengado,
viene sobre él con furia acelerada,
y con la diestra, aún no medrosa, airado,
a Ortiz arrebató la aguda espada.
Alzándole la cota por un lado,
le atravesó de la una a la otra ijada
y la alma del corpóreo alojamiento
hizo el duro y forzoso apartamiento.



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