La araucana primera parte: 143

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CANTO IX
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La araucana primera parte



El corpulento mozo Mareguano
que airado a todas partes discurría,
llegó al tiempo que Angol por diestra mano
al riguroso hierro se rendía.
Era su íntimo amigo y primo hermano,
de estrecho trato antiguo y compañía,
«Pues fue siempre en la vida igual la suerte,
quiero, dijo, también que sea en la muerte».

Y contra el matador con repentina
rabia que el pecho y venas le abrasaba,
un macizo y fornido tronco empina,
y con fuerza sobre él lo derribaba;
mas, temiendo del golpe la ruina
Alvarado, que el ojo alerto estaba,
saca presto el caballo apercebido
y en el suelo el troncón quedó metido.

Chilcán, Ongolmo, Cayeguán de un lado,
Lepomande y Purén en compañía,
habían así a los nuestros apretado
que ganaron gran crédito aquel día.
Tomé, Cayocupil, y el esforzado
Pillolco, Caniomangue y Lebopía,
Mareande, Elicura y Lemolemo
de su valor mostraron el estremo.

En esto un rumor súbito se siente
que los cóncavos cielos atronaba
y era que la vitoria abiertamente
por el bárbaro infiel se declaraba,
y a la española destrozada gente
el camino de Itata enderezaba
desamparando el suelo desdichado
de sangre y enemigos ocupado.

Del todo a toda furia comenzando
iban los españoles la huida,
siempre más el temor apresurando
con agudas espuelas la corrida;
sigue el alcance y valos aquejando
la bárbara canalla embravecida,
envuelta en una espesa polvoreda,
matando al que por flojo atrás se queda.



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