La araucana primera parte: 144

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CANTO IX
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La araucana primera parte



Alvarado con ánimo y cordura
los anima y esfuerza y no aprovecha;
que la turbada gente en tal rotura
huye la muerte y plaza tan estrecha.
Cuál encamina al monte, y cuál procura
de Mapocho la senda más derecha,
y cuál y cuál constante todavía,
animoso con Átropos porfía.

Éstos, honrosa muerte deseando,
despreciaban la vida deshonrada,
aquel forzoso punto dilatando
con raro esfuerzo y valerosa espada;
presto quedó la plaza sin un bando,
de almas vacía y de cuerpos ocupada,
que animosos los pocos que quedaban
a las armas y muerte se entregaban.

Unos por los costados caen abiertos,
otros de parte a parte atravesados,
otros, que de su sangre están cubiertos,
se rinden a la muerte desangrados;
al fin todos quedaron allí muertos,
del riguroso hierro apedazados.
Vamos tras los que aguijan los caballos,
que no haremos poco en alcanzallos.

Quién por camino incierto, quién por senda
áspera, peligrosa y desusada
bate al caballo y dale suelta rienda,
que el miedo es grande y grande la jornada;
el bárbaro escuadrón, con grita horrenda,
por sierra, monte, llano y por cañada
las espaldas los iba calentando,
hiriendo, dando muerte y derribando.

Había de la comarca concurrido
gente armada por uno y otro lado,
que a la mira imparcial había asistido
hasta ver el derecho declarado;
en esto, alzando un súbito alarido,
con el orgullo a vencedores dado,
baja las armas hasta allí neutrales
en daño de las señas imperiales.



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