La araucana primera parte: 164

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CANTO XI
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La araucana primera parte



el gallardo Orompello así esperaba
aquel alegre són para moverse
que de ver la tardanza, imaginaba
que habían impedimentos de ofrecerse.
Visto que tanto ya se dilataba,
queriendo a su sabor satisfacerse,
derecho a Leucotón sale animoso,
que no fue en recebirle perezoso.

En gran silencio vuelto el rumor vano,
quedando mudos todos los presentes,
en medio de la plaza mano a mano
salen a se probar los dos valientes.
Como cuando el lebrel y fiero alano,
mostrándose con ronco són los dientes,
yertos los cerros y ojos encendidos
se vienen a morder embravecidos,

de tal modo los dos amordazados,
sin esperar trompeta ni padrino,
de coraje y rencor estimulados,
de medio a medio parten el camino;
y en un instante iguales, aferrados
con estremada fuerza y diestro tino,
se ciñeron los brazos poderosos,
echándose a los pies lazos ñudosos.

Las desconformes fuerzas, aunque iguales,
los lleva, arroja y vuelve a todos lados;
viéranlos sin mudarse a veces tales
que parecen en tierra estar clavados;
donde ponen los pies dejan señales,
cavan el duro suelo y apretados,
juntándose rodillas con rodillas,
hacen crujir los huesos y costillas.

Cada cual del valor, destreza y maña
usaba que en tal tiempo usar podía,
viendo el duro tesón y fuerza estraña
que en su recio adversario conocía;
revuélvense los dos por la campaña
sin conocerse en nadie mejoría,
pero tanto de acá y de allá anduvieron
que ambos juntos a un tiempo en tierra dieron.



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