La araucana primera parte: 168

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CANTO XI
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La araucana primera parte



Pues la rica celada allí traída
al ufano Orompello le fue puesta,
y una cuera de malla guarnecida
de fino oro a la par vino con ésta
y al mismo tiempo a Leucotón vestida.
Todos conformes, en alegre fiesta
a las copiosas mesas se sentaron
donde más la amistad confederaron.

Acabado el comer, lo que del día
les quedaba, las mesas levantadas,
se pasó en regocijo y alegría
tejiendo en corros danzas siempre usadas
donde un número grande intervenía
de mozos y mujeres festejadas,
que las pruebas cesaron y ocasiones
atento a no mover nuevas quistiones.

Cuando la noche el horizonte cierra
y con la negra sombra el mundo abraza,
los principales hombres de la tierra
se juntaron en una antigua plaza
a tratar de las cosas de la guerra
y en el discurso dellas dar la traza,
diciendo que el subsidio padecido
había de ser con sangre redemido.

Salieron con que al hijo de Pillano
se cometiese el cargo deseado,
y el número de gente por su mano
fuese absolutamente señalado;
tal era la opinión del araucano
y tal crédito y fama había alcanzado,
que si asolar el cielo prometiera,
crédito a la promesa se le diera.

Y entre la gente joven más granada
fueron por él quinientos escogidos,
mozos gallardos, de la vida airada
por más bravos que pláticos tenidos;
y hubo de otros, por ir esta jornada,
tantos ruegos, protestos y partidos,
que escusa no bastó ni impedimento
a no exceder la copia en otros ciento.



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