La araucana primera parte: 181

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CANTO XII
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La araucana primera parte



Usar Lautaro desta maña, entiendo
que fuese para algún sagaz intento,
el cual por conjeturas comprehendo
ser de gran importancia y fundamento.
Dejado esto a su tiempo y revolviendo
a los nuestros, que así del fuerte asiento
se alejan, a tres leguas otro día
hicieron alto, asiento y ranchería.

Dos días los españoles estuvieron
haciendo de los bravos, aguardando
pero jamás los bárbaros vinieron,
ni gente pareció del otro bando;
al fin dos de los nuestros se atrevieron
a ver el fuerte y cerca dél llegando,
oyeron una voz alta del muro,
diciéndoles: «Llegaos, que os doy seguro».

Al uno por su nombre lo llamaba
con el cierto seguro prometido,
el cual dejando al otro se llegaba
por conocer quién era el atrevido.
Llegado el español junto a la cava,
el de la voz fue luego conocido,
que era el gallardo hijo de Pillano,
tratado dél un tiempo como hermano.

Estaba de un lustroso peto armado
con sobrevista de oro guarnecida,
en una gruesa pica recostado
por el ferrado regatón asida;
el ancho y duro hierro colorado
y de sangre la media asta teñida;
puesta de limpio acero una celada
abierta por mil partes y abollada.

Llegado el español donde podía
hablarle y entenderle claramente,
el bizarro Lautaro le decía:
«Marcos, de ti me espanto estrañamente,
y de esa tu inorante compañía,
que sin razón y seso, ciegamente
penséis así de mi opinión mudarme
y ser bastantes todos a enojarme.



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