La araucana primera parte: 187

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CANTO XII
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La araucana primera parte



Quedaran, si las zanjas se rompieran,
en agua aquellos campos empapados;
moverse los caballos no pudieran
en pegajosos lodos atascados,
adonde, si aguardaran, los cogieran
como en liga a los pájaros cebados;
que ya Lautaro, con despacho presto,
había en ejecución el ardid puesto.

Triste por la partida y con despecho
la fuerza desampara el mismo día,
y el camino de Arauco más derecho,
marcha con su escuadrón de infantería.
Revuelve y traza en el cuidoso pecho
diversas cosas y en ninguna había
el consuelo y disculpa que buscaba
y entre sí razonando sospiraba

diciendo: «¿Qué color puede bastarme
para ser desta culpa reservado?
¿No pretendí yo mucho de encargarme
de cosa que me deja bien cargado?
¿De quién sino de mí puedo quejarme
pues todo por mi mano se ha guiado?
¿Soy yo quien prometió en un año solo
de conquistar del uno al otro polo?

Mientras que yo con tan lucida gente
ver el muro español aún no he podido,
la luna ya tres veces frente a frente
ha visto nuestro campo mal regido,
y el carro de Faetón resplandeciente
del Escorpio al Acuario ha discurrido;
y al fin damos la vuelta maltratados
con pérdida de más de cien soldados.

Si con morir tuviese confianza
que una vergüenza tal se colorase,
haría a mi inútil brazo que esta lanza
el débil corazón me atravesase;
pero daría de mí mayor venganza
y gloria al enemigo si pensase
que temí más su brazo poderoso
que el flaco mío, cobarde y temeroso.



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